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08 febrero, 2010

Carta para el Chino


Hace mucho que no sé de ti, Chino, la última vez que te oí, me contaste que te hiciste el muerto para que así te llevaran al hospital y puedas estar (al menos por unos días) con cierta tranquilidad, hace mucho que no tocas la puerta de mi casa con esa sonrisa tan cabrona y tan buena gente, hace mucho que no nos bebemos una ciudad, tomamos Colmena y nos peleamos con algún palomilla de mierda que se computa el matoncito de Quilca, hace mucho que no nos metemos ese trago que me enseñaste a chupar en el Tusuy Wasi, allá cuando yo apenas tenía una edad ingenua y creía que la universidad me serviría para algo y sólo tú fuiste el primer valiente que mandó a la mierda todo, a esos catedráticos hijos de puta que tanto te llegaban y que habían leído tanto que se habían olvidado que el mundo real tiene su propio lenguaje, ese lenguaje que tú manejabas a la perfección y que me enseñaste (nos enseñaste) cuando fuimos por primera vez a tu barrio de fumones, putas y maricas.
Hace mucho tiempo que no te veo y ya empiezo a extrañarte, cabròn, hace mucho tiempo que rezo y le pido a tu Sarita, a mi Sarita a nuestra Sarita que te cuide y que no te mande ningún negro zapatón porque para ti eso sería más que un premio una forma lujuriosa de empache, un coqueteo a la vida, un guiño ante tanta traba que nos da este inmundo lugar. Hace tiempo que sencillamente desapareciste del mapa, y no dejaste ningún puto número para ubicarte y a mí no se me ocurrió pero cojudez que escribirte estas líneas que ojalá lleguen a tus ojos rasgados de asiático suspicaz para que por fin aparezcas.
No sé (no sabemos) dónde coño estás, sólo creemos que alguien como tú no podría estar mal jamás, no debería estar mal jamás. Hace mucho que quiero tomar un carro directo a tu casa, tocar la puerta y decirte aquí estoy porque te estimo. Hace mucho que no te pierdes con la patota y créeme que puedo entenderte a la perfección, ser padre cambia a cualquiera, hasta el más maldito de todos los malditos.
Hace poco fue tu santo y me dio una nostalgia de mierda saber que puedas estar jodido sin nosotros a tu lado para que esa mierda se fragmente en partes equitativas, no quiero que pienses que te he olvidado, Chino, no quiero que pienses que nuestra amistad se limitó a ese jodido lugar llamado universidad en donde aprendimos que lo más valioso de ella fueron los amigos que hicimos y que hoy tenemos, los únicos quizá. Y para qué más, Chino, si nosotros juntos éramos capaces de causar el peor alboroto jamás visto en la historia de nuestra facultad. Si fuimos tan canallas que al flaco lo pasearon cuando quiso sacar sus papeles y pagó los platos rotos por todititos juntos.
¿Dónde estás, Chino? ¿estás bien? A veces entro a tu blog que es la manera más literaria de saber como te está yendo y veo el mismo post de hace más de un año que no se atreve a moverse de lugar. Sé que no te gustan esas formas extrañas de comunicación, sé que odias el celular tanto como el chat y sé que esperas que te llamemos o te busquemos o te raptemos, pero no sé dónde encontrarte, por eso escribo estas ridículas líneas con esta estúpida voz que las va leyendo conforme se van trenzando entre la rabia y la impotencia de pensar que puedas necesitar de nosotros en un momento difícil. Porque tú te las jugaste por mí (por nosotros) porque me demostraste el tamaño de tu coraza y tu resistencia ante esta patraña llamada vida. Pero ahora, no sé dónde encontrarte y eso me pone triste, no sé dónde llamarte, no sabemos dónde puedas estar o qué peripecia puedas estar viviendo, no sé cómo pueda estar Joaquín Orèn y eso me hace el peor tío de todos los tíos y tú y Joaquín no se merecen tanta ingratitud de parte mía de parte nuestra porque para ingratitud nos basta y nos sobra con nuestra familia.
Chino, amigo, dinos de una vez dónde jodidamente estás para irte a buscar y acabar de una vez con este cuento de nunca acabar.

16 julio, 2008

Carta a Roberto Gómez Bolaños




Como no esbozar una sonrisa infantil al verte, como no recordarme con pantalones cortos sentado en el inmenso mueble azul de la sala, con los ojos empapados en lágrimas por ese capítulo cuando empacabas tus miserias que eran las más esenciales para no perder la inocencia, para ser feliz. Cómo no recordar que tus alegrías fueron mis alegrías, que tus bromas fueron parte de mis bromas, cómo no aceptar que tu atípico llorar es tan único como tu imaginación. Cómo no decirte que de los primeros tú eres el mejor sin caer en huachaferías.

Lo único que sé es que cuando nací tú ya estabas ahí, con una gorrita deshilachada y una muda de ropa única y lista para la ocasión, con esa inmensa sonrisa cubriendo toda la pantalla, llenando los corazones de esa ternura tan bondadosa, tan infantil, tan traviesa. Lo único que sé es que de niño cada pan con jamón que degustaba me remitía cierta nostalgia, y esa misma nostalgia está todavía aquí, inamovible, imperturbable, porque han pasado tantisisímos años y yo sigo aún sonriendo cada vez que te observo, porque aún los ojos se me pueblan de ese líquido cristalino que todos llevamos en el corazón y que tú nos lo hiciste recordar no una sino miles de veces, en cada capítulo, en cada escena, en cada media hora que duraba un programa tuyo.

Nosotros los que fuimos niños te debemos tantas cosas, tantas lecciones aprendidas. Sentados frente al televisor nos hiciste creer que se podía forjar hombres tan nobles como una lechuga y tan fuertes como un ratón. Nos viste crecer, nos viste hacernos hombres, nos viste soltar una lágrima y nos enseñaste que lo más esencial no se lleva en una maleta porque lo más esencial es aquello que empacamos en el corazón. Estuviste a nuestro lado en cada minuto de nuestras vidas, y aunque no lo sepas nos aislaste de la mismísima soledad, la agarraste a chipotazo limpio sólo con tu presencia sólo con tu talento y amor, no obstante, nos enseñaste que un héroe puede carecer de miedo pero no de valor.

Hoy este país se detiene al verte pasar sólo para acercarse a ti y decirte “Gracias por hacerme feliz” y ese es el premio más bondadoso para un hombre como tú. Alguien que escribió tanto y que algunos se atrevieron a comparar con el mismísimo Shakespeare, justo símil que te convirtó en el pequeño Shakespeare, en el Shakespeare de México, en Chespirito, ese artista que hoy recibe los aplausos que cosechó durante toda una vida. Ese artista que tiene la genialidad de no saberse un genio. Ese artista que se despide de Latinoamérica para siempre. Ese gran hombre al que todos le debemos algo de nuestra pequeña felicidad.

Cuantos capítulos han quedado cincelados en mi memoria, cuantos diálogos afloraron naturalmente, cuántas veces lloré, cuántas veces sonreí, cuántas veces entraste en mi casa y me volví a sentir un niño más. Dime, ¿lo sabes? Si no sabes la respuesta no te preocupes, yo también perdí la cuenta. Pero lo que no puedo olvidar es que de nadie aprendí primero la palabra justicia sino de ti, de tus personajes, de esos pequeños hombres que tu imaginación creó y que estoy seguro, fuiste tú en algún momento de tu vida. Porque nadie elabora una obra ajena a sus experiencias y tú querido Chespirito supiste más que nadie lo que era adolecer de ese mal latinoamericano y casi bastión de nuestra cultura llamado hambre.

Ahora, sin chipote chillón ni caídas estridentes, cual chapulín de un salto has llegado a esta parte del mundo que no ha sabido encontrar la palabra exacta para decírtelo todo y de una vez por todas, causa de ello son las infinitas muestras de cariño que han tenido todos para agradecerte lo que tú nos diste “Gracias, maestro”repetirán una y otra vez, no se cansarán, han llevado casi todas sus vidas riéndose con tus repetitivas ocurrencias televisivas que más de uno se ha quedado atrapado en el tiempo. No se cansarán de agradecerte ni de seguirte ni de olvidarte ni de mirar tu programa. Rompiste la barrera del tiempo con tu humor y a nosotros que carecemos de sonrisas nos caes como anillo al dedo, al parecer todo está fríamente calculado y es más que eso.
Sospechamos que tú nos comprendes, y cuando mañana partas de esta esquina del mundo recuerda que por aquí sólo intentamos darte un poquito de lo mucho que tú nos diste cuando fuimos pequeños, te debemos tanto que es posible que mis líneas hayan sido sin querer queriendo, pero sería mentirte, éstas líneas que cierran mi carta antes de que aparezca el punto de despedida fueron las primeras líneas, que me atrevo a decir, escribo con el corazón.