Mostrando entradas con la etiqueta Reseñas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Reseñas. Mostrar todas las entradas

30 julio, 2010

"The cove" de Louie Psihoyos


“Si no podemos detener esto, si no podemos enmendar esto
olvídense de los problemas mayores. No hay esperanza”

Ric O'Barry

Que te pinchen el lomo no ha de ser muy bacán que digamos. Que te metan a un espacio tan pequeño en donde tu libertad quede supeditada a un metraje mal calculado tampoco ha de ser lo mejor que te ha de pasar en la vida. Que te quejes con la mirada y que todos crean que por tu sonrisa tallada a tu rostro la estás pasando de puta madre debe ser simplemente un infierno. Que seas sensible al sonido y que para colmo un grupo de asiáticos te metan a un lugar en donde lo último que existe es el sonido moderado y lo que abunda a cambio son los aplausos barbaros mezclados con el jolgorio gravitante de la ignorancia en pleno siglo XXI, es, discúlpenme que lo diga así, una mierda.
Acabo de ver The cove, el documental de Louie Psihoyos, con un ojo abierto y otro cerrado, girando la cabeza hacia un lado cuando las imágenes así lo ameritaban, acabo de darme cuenta que no es la gripe la que me tiene tumbado en la cama sino las imágenes del documental, ese martillear que obliga a los delfines a quedar atrapados en las orillas de Taiji se repite aún en mi cabeza como un eco, esa queja submarina que es un cantico largo y tenue me aniquila, me desarma, me encabrona y me enfurece.
Acabo de darme cuenta que esos seres inteligentes ni se ríen ni están felices en esos delfinarios en donde los hacen saltar como locos posesos de sus acrobáticos juegos bajo el agua. No sonríen, están tristes, muchos de ellos estresados por los aplausos optan por el suicidio, una particular forma de autoaniquilamiento en donde el delfín inhala el aire fuera de la superficie creándose serios problemas respiratorios. El estrés los mata por eso el hombre le inocula sedantes para disque relajarlo cuando en realidad lo está dopando, entonces sucede lo más trágico, el animal de la sonrisa eterna sufre y los asistentes creen estar viendo el espectáculo de sus vidas acompañados de sus hijos quienes alegres e inocentes aplauden, aplauden y ríen.
Un delfín viaja en su hábitat natural 64 kilómetros, es un capo del mar, un rey de las olas, ¿cuántos kilómetros creen que lo hace en un delfinario? Un delfín es tan inteligente que en el mar su comunicación acústica puede notar el latir de un corazón puede ver los huesos de una persona e incluso notar si está embarazada, cualquier sonido que emitamos será medio de contacto entre ellos y nosotros. En Taiji, poco o nada les importa esto, dicha zona es una de las mayores exportadoras de delfines a los principales delfinarios del mundo. Y por qué hay quienes gustan de ver delfines saltando en piscinas y siendo guiados por sus entrenadores, pues todo se remonta a una vieja película llamada Flipper en donde el personaje principal era un delfín interpretado por aproximadamente diez delfines debidamente entrenados, a partir de dicha película la industria de los delfinarios fue en aumento y fue la debacle para todos entonces. Parte de responsabilidad la tuvo Ric O'Barry alguien que trabajó para la película Flipper y quien se dio cuenta luego del suicidio de su delfín de nombre Kathy que estaba siendo parte de una de los trabajos más egoístas del mundo, trabajando con animales en cautiverio que sufrían y optaban por su suicidio, cabe agregar que Kathy se suicidó en los brazos de Ric y sólo entonces este hombre se propuso liberar a cuanto delfín se encontrase en cautiverio el resto de su vida.
Ric ha pasado diez años luchando por la caza indiscriminada de delfines en las costas de Taiji y ha logrado con The cove mostrar al mundo uno de los documentales más importantes en mucho tiempo. Reclutando desde personas especializadas en buceo hasta expertos militares logró infiltrar cámaras ocultas en rocas modeladas por artistas que captaron lo que es en verdad Taiji, una costa en donde la barbarie, la estupidez y el egoísmo se mezclan con el lamento de aquellos delfines que intentan huir de una muerte segura, capturados con los métodos más rústicos que una persona se puede llegar a imaginar.
Una sola imagen habla por mil palabras y es la costa de Taiji teñida por la sangre de aquellos delfines rodeados por el canto más visceral de la Tierra, ese que emite el hombre.

08 julio, 2010

El camino, el amor y un cartero


El camino, el amor y un cartero
Alex Alejandro Vargas
Casa Tomada

No sé ustedes pero el primer sentimiento al que asocio una carta es al de la nostalgia, ese sentimiento que hoy más que nunca parece haberse extraviado en algún rincón de nuestros pétreos corazones acostumbrados a vivir esta modernidad tan falaz y tan nuestra. Quizá fue mi generación una de las últimas en utilizar este medio de comunicación tan nostálgico y que me remite a tantos recuerdos como cuando, por ejemplo, mi madre nos hacía escribir a mi hermana y a mí cartas que terminaban en las manos de algún familiar extraviado en algún rincón del mundo. Épocas que sin duda ya no volverán, tiempos aquellos en donde extrañar a alguien era el único y el más sencillo modo de demostrar que aún estábamos vivitos y coleando.
Esas palabras así escritas tan lindamente líneas arriba son porque Alex Alejandro Vargas acaba de publicar El camino, el amor y un cartero y nos (me) ha hecho recordar por breves instantes de qué color es esa dama llamada nostalgia en medio de una sociedad completamente formada con niños y adolescentes que hoy más que nunca creen que los carteros nunca existieron y que aquella historia es menos verídica que la del mismísimo Papa Noel, aparece este libro y un cartero como personaje principal quien con su morral y sus cartas decide salir de casa para hallarse en la voz de los otros y realiza un viaje extraño que le permite al final entender que en el fondo uno mismo termina siendo todos los demás y que los viajes hacia el exterior terminan siendo los más profundos de todos. Esas búsquedas esenciales del alma, vitales e importantes que sólo la madurez otorga.
Polifónico de principio a fin, El camino, el amor y un cartero termina mostrándonos hasta el momento la búsqueda más profunda de su autor quien años atrás publicase Cuaderno de luciérnagas (Zignos, 2005) y quien pareciera anunciar su segundo libro a través de su primer trabajo, “Seguimos un camino que no conocemos, pero nuestra intuición evita que pisemos vidrios rotos” señala Alex Alejandro en el poema final de su primer libro y aquella intuición que señalase por aquel entonces parece ser la misma intuición con la que está inyectado el cartero quien a través de la palabra evita esos vidrios rotos que podrían ser tomados como las trampas funestas que otorga la vida.
Con la particularidad de los pies de página de cada poema los textos del nuevo poemario de Alex Alejandro Vargas se desprenden de sí e invitan al lector a una relectura y/o indagación. El autor entonces termina siendo un simple nexo, un puente, una vía más para trasladar los sentimientos de quienes depositaron sus esperanzas en las manos de este cartero que tiene vida propia dentro del planteamiento estructural de su poética y que por ende gana verosimilitud de principio a fin. Estas huellas yacen además fortalecidas con las notas que va dejando el yo poético a lo largo de su recorrido mostrándonos una compleja y particular forma de ver el mundo, una fina agudeza que en el fondo es una contemplación profunda que sólo les compete a unos cuántos.
El camino, el amor y un cartero, es un poemario plagado de buena poesía y de imágenes bien elaboradas que nos muestran a un autor que toca temas sencillos mas no por ello menos importantes. Washington Delgado señaló alguna vez que sólo la sencillez de la palabra es la prueba más exacta de la universalidad de un poeta y creo que Alex Alejandro parece haber oído aquello también.

18 junio, 2010

Baaría de Giuseppe Tornatore



No creo que exista persona alguna que se detenga ante un puesto de películas y al notar algún nuevo filme de ese maestro llamado Giuseppe Tornatore deje pasar la oportunidad de conseguirla. No sobre todo para quien como yo y muchos amantes del buen cine guardamos un especial cariño por aquel director que elaboró desde mi punto de vista uno de los mayores homenajes al séptimo arte, sino el mejor.
Ya se imaginarán entonces que cuando vi el título Baaría me picó la curiosidad y no dudé ni un segundo en adquirirla. Y es que cómo decir no a quien en algún momento de mi vida me hizo creer que el paraíso es lo más parecido a una sala de proyección y que la música de ese otro genio apellidado Morricone es lo más parecido al canto celestial de los querubines.
Bagheria es el nombre del pueblo italiano donde Tornatore nació y pasó su infancia, los pobladores lo denominan en dialecto siciliano bajo el nombre de Baaría. (Sí, la última película de Giuseppe es el homenaje del director a su lugar de origen, ese homenaje que había sido pospuesto por él mismo y quien afirmase en más de una ocasión que lo realizaría cuando sus recuerdos estén más nítidos dentro de su ya anciana memoria.) Entre los datos curiosos de la cinta cabe señalar, por ejemplo, que el filme se rodó mayormente en Túnez donde diseñadores elaboraron una réplica exacta del pueblo que vio nacer a uno de los mayores representantes del cine italiano.
La historia de Baaría es la historia de Peppino que podría ser tranquilamente el Toto de Cinema Paradiso, un niño al que ante sus ojos Baaría se transforma de un lugar inhóspito a un lugar rodeado de pequeños edificios y abundante tráfico. Ese pequeño detalle argumental no parece ser la piedra del zapato de la última película de Tornatore sino más bien el cómo se intenta mostrar en una sola cinta lo que en otros años el director desarrolló como tema en cada uno de sus trabajos.
Baaría posee una ambición que termina por escapársele de las manos a Tornatore y lo peor de todo es que ni su amigo Morricone salva la cinta. Tanto música como película parecen ríos paralelos que no logran confluir nunca y por lo tanto no logran atrapar al espectador. Su duración abarca tres generaciones desde la década de 1930 hasta los tiempo modernos usando para ello como fondo histórico el surgimiento del fascismo, la Segunda Guerra Mundial y los manejos políticos de la Italia de la posguerra. Un matiz de nostalgia entonces se mezcla con un tono histórico y hasta épico que opaca el tema central de la película que es finalmente homenajear a Baaría. Los personajes además parecen calcos despiadados como aquel cambista de dólares que parece guardar cierta relación con el loco de Cinema Paradiso que afirma que la plaza es suya, aunque parece hasta cierto punto gracioso dicho personaje termina convirtiéndose en una huella insoportable.
Baaría no es la obra maestra que fuese Cinema Paradiso y eso quizá lo sabe el mismo director, quizá y a lo mucho sea tan sólo el mal homenaje de un director hacia la tierra que lo vio nacer.
Para terminar y como dato curioso se cuenta que el primer ministro Silvio Berlusconi había señalado de Baaría que “es la cinta más impresionante que he visto, aconsejo a todos que la vayan a ver”, claro, dijo esto, pero se le olvidó agregar que la última película de Giuseppe Tornatore está producida por Medusa que es propiedad de la familia del primer ministro. Moraleja: los presidentes mienten hasta cuando recomiendan películas.

14 marzo, 2010

El secreto de sus ojos


Mientras terminaba de ver la película El secreto de sus ojos de Juan José Campanella, no podía dejar de preguntarme cuántas veces hemos dejado el pasado en un cajón olvidado y nos hemos mirado en el espejo –ya maduros–, y hemos reconocido que el pretérito es parte de un tiempo y un espacio determinado e indescifrable, un paréntesis que decidimos cerrar en algún momento de nuestras vidas, un punto final bien marcado y redondito que nos garantiza que nada de lo que fuimos atentará con nada de lo que somos o seremos alguna vez. Hay quienes miran sus amores del pasado y evocan, hay otros tantos como yo que miran al pasado y sólo ven sombras, vagos recuerdos nada imprescindibles, dormidos en una caja de Pandora que por salubridad propia es mejor dejar dormir el sueño eterno de la ingratitud, esa que a mí tanto me caracteriza.
Justamente ese mirar al pasado es lo que me atrae de esta película que nos pintó la cara albiceleste el domingo pasado en el mismísimo teatro Kodak de Los Ángeles y nos ganó al calato dorado y se tumbó las portadas de los diarios limeños que caballero nomás, desde sus salas de redacción, tuvieron que apretar DELETE en sus computadoras y borrar lo que habría sido la noticia del mes y quizá la del año, o a la mejor el premio consuelo de no haber ido a Sudáfrica porque imagínese nomás, ya se hubiera estado oyendo por ahí que si no fuimos al mundial al menos ganamos un Òscar, y para no perder la costumbre de odiar a algún argentino creído, ya se hubiera señalado que encima ganamos un Oscar en un grupo de la muerte en donde además competía la siempre peligrosa escuadra argentina(¡habrase visto!.)
A mí particularmente no me agrada el patrioterismo barato ni nada de esas cosas tan pachas que tenemos los peruanos –a veces– para mostrar cariño por nuestro terruño. Así que por más que medio Perú halla deseado que la Teta asustada de Claudia Llosa se gane al calato dorado, yo en mi buhardilla enaciana lo único que pedía era que gane la mejor película y creo que papalindo, o sea, el de arriba, el fuerte, me hizo caso. El secreto de sus ojos es una buena película y cobra más valor cuando en compañía de unos Lucky y un Cifrut de litro y medio te pasas las mejores dos horas que has tenido en ese día viendo tamaña cinta.
Que es una buena ganadora lo es, y es que en realidad esta peliculita me movió todito, me hizo reflexionar y preguntarme cuántas veces estos ojitos que han de comerse los gusanos miraron atrás, y este torpe y tonto corazón de poeta creyó que de haber tenido algo de fe entre las manos hubiera estado, quizá, mejor que ahora; cuántas veces, díganmelo y sean francos, cuántas malditas veces, ustedes no se preguntaron que de haber corrido tras alguien en ese segundo que te oferta la vida hubieras sido feliz y comido perdiz hasta el fin de tus mugrosos días en compañía de aquella que intuiste habría de ser la pareja ideal para arrugar las sábanas de tu lecho por las noches y la indicada para acomodarle el listón de sus cabellos llegada la mañana.
Benjamín Esposito (Ricardo Darìn) hace todo aquello que nadie que se jacte de tener etapas en su vida se atrevería hacer, extrañar su pasado e intentar reconstruirlo en una novela que tiene como único objetivo reconstruir su propia vida, muchos dirán en este punto que nada que no hallamos vivido en el pasado no es digno de ser recreado a través de la ficción, para nada, es más, apoyo esa moción, lo riesgoso es mirar el pasado no desde la ficción sino desde esta feíta realidad. El secreto de sus ojos cuenta la historia de cómo Benjamín ya retirado de las leyes quiere reconstruir su vida alternándola con un caso de asesinato que quedó en la última parte del vestido de la señorita justicia. Benjamín en pocas palabras está templado de su jefa Irene Menéndez (Soledad Villamil), mas nunca hizo nada por merecerla y sólo fue lo suficientemente imbécil para ver como otro se la llevaba a ella, su bobo, su media naranja, su posible girlfriend y ya retirado del oficio de las leyes un día cualquiera decide visitarla, encanecido, y contarle que está escribiendo una novela sobre un asesinato que quedó inconcluso y que al parecer lo ha marcado desde entonces. Benjamín abrirá el libro de su vida al reiniciar las investigaciones que quedaron polvorientas entre los estantes, escribirá día y noche, y no tendrá idea de lo que inconscientemente busca, no sabrá si escribe por vengar a los amigos que ya no están a su lado, o si escribe por intentar ser feliz al menos en el plano ficcional. Benjamín sólo escribe y la historia toma forma, los juegos alternos de tiempo y los flashback nos permiten reconstruir una historia personal (¿la mía, la suya, la vuestra?). Lo que no sabe Benjamín es que el libro que abrirá enlazará a muchas personas que aún viven con la pena sobre sus hombros y él es sólo un medio para llegar hasta las últimas instancias de dicho caso, y es que en el fondo un hombre como él ya no tiene nada que perder.
El secreto de sus ojos tiene además muchos temas alternos que despiertan curiosidad en el espectador y envuelve al drama humano con temas de corrupción, injusticia, asesinatos, venganza, ¡sobre todo venganza! Y no legislativa sino la que el hombre realiza con sus propias manos que es algo así como la ira de Dios pero en un frasquito más chico. Mención aparte merece el papel de Pablo Sandoval (Guillermo Francella) personaje que uno termina queriendo a lo largo de la película y enseñándonos algo tan profundo que no hay que olvidar. La escena es cuando Pablito Sandoval se encuentra con Benjamín Espósito en un bar de mala muerte de Buenos Aires –que ya quisiera conocer–, y le dice muy calmado que por más cosas que haga el asesino en la vida, desde la más extrañas hasta las triviales, nunca podrá cambiar el ser que en el fondo es, podrá ocultar su rostro y su miedo, pero jamás su pasión, y su pasión es su talón de Aquiles, es en pocas palabras y para ya no hablar tan lindamente, su propia condena, ¡aguante, Pablito!
Para terminar sólo quiero señalar que la valentía de Benjamín en la película conmueve así como el amor que siente el novio de la asesinada por ella a pesar de estar muerta, desgañita los intestinos de cualquiera. El valor de Sandoval por otra parte es para quitarse el sombrero. Irene inspira esperanza, el asesino produce asco, lástima y amor, todo en ese orden respectivo, increíblemente posible.

12 noviembre, 2009

Los abrazos rotos de Pedro Almodòvar


Los abrazos rotos (2009) es la última película de Pedro Almodóvar, aquel director que en un tiempo no muy lejano era uno de los tantos directores responsables de mis noches de insomnio y el único responsable de los orgasmos fílmicos más emblemáticos que recuerdan estos ojitos que han de comerse los gusanos.

Del cine de Almodóvar recuerdo con nostalgia que siempre me gustó la crudeza con que mostraba los barrios marginales de España, los personajes que oscilaban entre la extravagancia y la profundidad de sus frases, su afición a la buena música, sus chicas Almodóvar que siempre me dejaban salivando cual perro de Pavlov, y que en boca de mis amigos eran unas ricuras hechas carne; las estructuras cinematográficas que con el correr de los años se fueron convirtiendo en el sello almodoriano típico de un director dispuesto a poner sobre el celuloide todo, hasta su propia vida sin excepciones, no queda de lado.

Almodóvar es quizá uno de los directores más controversiales, más experimentales, más Pop, más odiados, más putones y por ende uno de los más criticados, porque si ser artista es de por sí llamativo, ser artista y ser maricón ya es escandaloso así uno haya nacido en la mismísima madre patria.

La última película de Almodóvar no provoca efecto de curiosidad porque una vez frente a la pantalla el espectador siente que aquello que cuenta Almodóvar ya lo ha visto en otros trabajos del director, entonces Los abrazos rotos terminan desgañitándonos, pero de apatía con una historia que sin ser mala es repetitiva en el cine almodoriano que reclama a gritos un viraje considerable para salir de esa etapa que el director Manchego parece haberse encasillado desde películas como La mala educación (2004), Volver (2006) y estos abrazos (tan) rotos que la única sensación que nos producen al final es la del desamparo fílmico.

El tono medio detectivesco que Los abrazos rotos imprimen a través de sus imágenes nos conduce a duda, a la duda de no saber si estamos viendo una película de suspenso, un Thriller o la historia de un invidente como Harry Caine ocultando una verdad que termina siendo escondida de forma tan ingenua que cuando nos explota en la cara intuimos desde mucho antes que ya la suponíamos.

Llena de referencias a otras cintas Pedro Almodóvar no pierde la oportunidad aquí de rendir tributos visuales a películas como Ocho y medio, Fanny y Alexander, Ascensor para el cadalso y a directores como Fritz Lang, Jules Dassin, Nicholas Ray, por ello es que muchos han intentado darle una óptica distinta a este filme tildándola como una cinta de director.

Con tintes surrealistas este último trabajo del director Manchego nos permite ver la manera como a partir de su propio universo el propio Almodóvar no ha logrado a pesar de los años obtener un dominio absoluto de sus historias, y es que los que hemos visto las cintas de Almodóvar sentimos que cuando el director español hace una buena película, es digna de aplauso, con Los abrazos rotos, muchos incidentes enmarcados en venganzas pasadas se mezclan con una trama que se enreda y que toma un camino que ni los espectadores ni el propio director parecen saber en qué concluirá.

Ese avanzar sin norte ese evidente tronco argumental que parece pegar de todo un poco sin pies ni cabeza termina motivándonos a aplaudir, pero de la felicidad de haber terminado una mala película, para finalmente abrir el Dvd con nostalgia, sacar el disco para almacenarlo en una cementerio de películas donde aún descansan aquellas películas almodorianas que en otros tiempos nos provocaron los orgasmos fílmicos más lindos que hoy extrañamos a pesar de los años.

24 octubre, 2009

Goodbye, Columbus


Goodbye, Columbus
Philip Roth
Seix Barral
La primera novela de Philip Roth nos narra el idilio veraniego de dos jóvenes de clases sociales diferentes llamados Neil Klugman y Brenda Patimkin. La novela empieza cuando Brenda esta parada en el trampolín de la piscina esperando el momento indicado para lanzarse. Antes, ella le pide a Neil que le sujete las gafas. Neil acepta de buena gana. Se la queda mirando. Se queda boquiabierto, le zumba el corazón, le brinca la sangre. Al parecer todo indica que se ha enamorado, y desde la parte baja de la piscina él la mira a ella con un poquito de amor. No ve a una muchacha de cabello corto, color caoba y estirada hacia delante sino a una rosa en lo alto de un tallo muy largo. Neil toma cartas en el asunto, se aviva, averigua su dirección, la llama, se presenta ante ella por teléfono, tiembla, tartamudea, se encuentran personalmente, se computan, se besan, se pelean, se amistan, se hacen el amor, se odian, se gritan, se vuelven a amar.
Googbye, Columbus, la primera novela del escritor norteamericano Philip Roth, nos muestra el mundo interno y el conservadurismo de las familias tradicionales judías. Pintando sutilmente una sociedad llena de prejuicios que prevalecen sin duda alguna en un mundo como el actual.
Novela ganadora del prestigioso National Book Award en 1960, este librito que no es lo mejor de Phillip Roth, nos atrapa de principio a fin. La trama verosímil, por cierto, dado que a veces el corazón no entiende de clases sociales y esas pavadas que delatan nuestra torpeza sentimentaloide hace que acabemos la historia de un tirón.
Y muy en el fondo nos compadecemos con Neil y odiamos a Brenda porque todos alguna vez temblamos de amor por teléfono y al recordar aquellas épocas temblamos, pero de nostalgia.

09 mayo, 2009

Gran Torino de Clint Eastwood


Ese hombre flaco es realmente un genio. No le importó que al día siguiente tendría que estar parado más de seis horas frente a muchachos que no justificarían mis ojeras de cinéfilo madrugador ni mi cara de sueño. No le importó que fuera su voz la única que resonara en el segundo piso de mi casa, ni mucho menos le importó que todos se hubiesen tendido a los brazos de Orfeo, mientras este, su fiel admirador, ingenuamente se atrevía a pensar para sus adentros que vería media horita de su última película y la otra media horita la dejaría para el día siguiente porque “mañana hay que trabajar” (¡que ingenuidad la mía!).
Clint Eastwood y sus magistrales clases de buen cineasta, me pusieron palitos de fósforos en los párpados, y los ojos entonces se me hicieron menos cansados, y la noche me pareció menos corta porque a pesar que el reloj cabalgaba descontroladamente supuse que no se descansa porque se duerme las ocho horas sugeridas en un día, sino que por el contrario, se descansa porque se duerme feliz. Feliz como yo, que terminé la película y no pude aguantarme las ganas locas de llorar como un niño que ve la despedida de uno de sus actores y directores favoritos. El mismo que alguna vez mi padre me presentó (sin saber quién diablos era) en un cinta VHS diciéndome “¿Ya viste esta?” y yo que por aquel entonces solía ver todo aquello que cayese en mis manos, parado frente a él con pantalones cortos, carita ingenua, curiosidad latente, dije “No, papá” y de inmediato él prendió el televisor frente a mí y vimos —llegada la tarde— no una sino varias películas, y mi madre gritaba desde la cocina qué haces viendo eso con él, y yo no sé si aquello lo decía ella por mí o por mi padre.
Ese fue mi punto de partida con Clint Eastwood. Una simple casualidad, la mejor forma de conocer lo eterno. Ahora mucho tiempo después, Gran Torino me tomó esas dos horas que tanto me costaron al día siguiente levantarme. Pero qué importa, ni siquiera esa tarjeta tostadora acusando mi tardanza con ese rojo rojísimo, pudieron quitarme ese gustito medio extraño de decirle a quien se me cruzara por el camino que no dejara de verla, que sería un pecado no verla, que si no la ven...y no me importó esta vez que me miraran con cara de oye qué rareras te gusta ver, no me importó en absoluto ello, yo sólo sé que el viejo y sabio Clint tiene un maravilloso don para contar historias, un gran talento que se ha pulido con el correr de los años, y una particular y clásica forma de concebir el cine, y eso me basta porque me gusta.
Superhéroe al fin y al cabo, Clint Eastwood interpreta a Walt Kowalski, personaje recóndito, huidizo, huraño, anacoreta, irónico quien muestra y esconde los más recónditos secretos de un hombre que peleó en Korea, y sabe de venganza y sangre como cancha. Una extraña mezcla de Harry el sucio y justiciero de barrio. Walt Kowalski, un alter ego, evidente de Clint, alguien que lo tuvo todo y que ahora, ve que ha llegado no el momento de despedirse sino por el contrario de emularse, como sólo los héroes de guerra preferirían recibir a la muerte como sólo un kamikaze aceptaría su destino final. El mundo ha cambiado, dice Walt Kowalski, y yo te entiendo viejo Clint, en el fondo tu metáfora de la vida es una metáfora de cómo tú mismo vez al cine, ha cambiado, sí y mucho. Por eso en un mundo de matones y segregaciones raciales tú prefieres ser una especie de vaquero que mueve los dedos rápidamente esperando ese segundo de gloria que te permita sacar la Magnun calibre 45 y ser otra vez el héroe para volarle los sesos a los malos, pero los años no pasan en vano, y el odio como la venganza no es tan sabia como la justicia, esa palabra que ahora sólo los locos buscan en cada esquina. A cambio de esa arma de fuego brillante y bien aceitada mejor sería sacar un Zippo y demostrarle al mundo qué tan tetudos podemos llegar a ser si pensamos sólo en vengarnos y no enseñar nada a nadie, sobre todo a quienes vienen detrás nuestro.
Gran Torino, se llama la culpable, que me detuvo más de dos horas frente al televisor mordiendo la almohada, y sintiendo quizá lo más parecido que sentí cuando vi por primera vez Million dollar, baby. Llegó un momento y no sé exactamente cual fue en que relacioné ambas películas. La adopción de Frankie Dunn (Clint Esatwood) hacia la boxeadora (Hilary Swank) es tan parecida a la que Walt Kowalski hace hacia Thao. Y llama la atención aún más porque todo lo que odia durante la primera media hora de ambas películas termina siendo su única manera de volverse a sentir vivo.
No sé si realmente esta es (como afirman por ahí) una de las últimas películas que dirigirá Clint Eastwood, lo único que sé es que si durante toda su larga carrera llovieron críticas sobre él acerca de su extremado cuidado de las formas de concebir sus cintas, no sería justo ahora devolver esa tan asidua crítica, y reducirla a la simple pregunta ¿es que acaso no era necesario ello para separar la paja del trigo?

04 febrero, 2009

Seven pounds de Gabriele Muccino




Para el tío Micky, el Británico´s boy

¿Qué sucede cuando eso que llamamos conciencia nos perturba, nos impide dormir tranquilos y nos lleva a tomar soluciones rápidas y efectivas para poder estar mejor con nosotros mismos?
Ben thomas (Will Smith) es un hombre que se muestra desde el arranque en un estado crítico, anunciándole a la teleoperadora del 911 que está por cometerse un suicidio en el departamento que ocupa y que, lo peor de todo, la víctima es él.
Ese inicio es el que Gabriele Muccino marca para desenvolver la trama de Seven pounds (Siete libras y no Siete almas) y que a medida avanza podemos entender por los fragmentarios sucesos que aparecen y desaparecen cada vez que Ben intenta dormir. Sucesos oníricos importantes y claves para poder completar la historia.
Antes de ver a ese amable Ben Thomas que protege a una anciana que sufre maltratos en un hospital de cuestionables métodos curativos, podemos ver una escena en donde se muestra al mismo Will Smith mostrando todo ese talento que ha ido madurando con el correr de los años y que, sin duda alguna, lo está perfilando a ser ese gran actor que todos esperamos de él a futuro. En dicha escena se le nota frívolo, satírico y totalmente deshumanizado, renegando de su condición y ofendiendo a un teleoperador invidente de nombre Ezra (Woddy Harrelson) para luego tener un cambio filantrópico radical.
¿Qué es aquello que lo lleva a ser otro Ben Thomas? ¿qué lo empuja a ser menos material, menos superfluo y menos engreído? ¿qué pesa sobre su conciencia? son preguntas que capturan la atención del espectador en Seven pounds. Dicho cambio además lo motiva a tomar la determinación de ayudar a personas desahuciadas por un mundo que ha bajado los brazos y ha olvidado buscar soluciones reales para personas reales.
En esa lista aparecerá entonces Emily (Rosario Dawson) una muchacha delgada que sufre de problemas cardíacos y que es acompañada por Duke, un grandanés que en complicidad con Ben le dan ese matiz travieso y medio gracioso sin perder el punto central de la trama. A esta larga lista se le unirán otros personas que Ben Thomas irá ayudando al mismo tiempo que frecuenta a Emily de quien termina enamorándose. A esas altura podemos ya conocer el pasado de Ben y sólo así podemos entender su tragedia.
El tratamiento del tema que propone Seven pounds es interesante mientras Ben Thomas aparece en pantalla. Todo lo que sigue en ese mismo orden es redundante e innecesario como si Gabriele Muccino en lugar de coronar con una cereza el helado que ha ido construyendo con marcados esfuerzos se le ocurriera aumentarle más elementos. Intentar cruzar personajes en la parte final no le suma más dramatismo a una historia que de por sí muestra el drama desde el inicio. Muccino deja escapar con ese final algún premio en los siguientes Oscar (aunque con la Academia nunca se sabe) pero de seguro su último film ganará más de una lágrima en las salas de cine y algún despistado dirá a voz en cuello que sin llanto no hay drama, y sin pañuelo no hay buena película, casi como esa vieja frase que reza algo así como sin Pop Corn no hay cine.

20 diciembre, 2008

Un lugar llamado Oreja de Perro


Un lugar llamado Oreja de Perro
Iván Thays
Anagrama

Allá por la década del 90, la literatura peruana marcó un hito importante con autores que no necesariamente compartían la misma posición que sus antecesores. Entre los que caben mencionar están seguramente el Mexicano Mario Bellatín e Iván Thays. Este último, autor de novelas como Las fotografías de Frances Farmer, Escena de caza, La disciplina de la vanidad y conductor del discutido programa Vano Oficio, y que estuvo por un periodo de casi ocho años sin publicar novela alguna. Los que han leído los textos anteriores de Iván Thays y han leído ahora Un lugar llamado Oreja de Perro estoy seguro que se han asombrado mucho de la postura que el autor toma con respecto a su obra. Y es que Un lugar llamado Oreja de Perro encierra como lo afirma el narrador de la novela un naufragio dentro de otro. Ese primer naufragio al que hace alusión el narrador es el personal, el íntimo, el de un periodista, ex conductor de televisión con cierta fama mediática que ha perdido lo único y verdaderamente importante en su vida, Mónica, su esposa, y Paulo, su hijo.
El narrador de Un lugar llamado Oreja de Perro será este periodista quien luego de una momentánea separación de su esposa y la inevitable pérdida de su hijo se siente un fantasma recorriendo los espacios que habita sin el menor interés. Sin la menor importancia. Sin amor. Su propio desinterés además hacia temas como los sociales y los políticos lo harán presa de la casualidad y testigo In Situ de uno de los lugares más olvidados de la Sierra como lo es Oreja de Perro, una zona ubicada en La Mar (Ayacucho), a donde el diario en el que trabaja lo ha destacado para ser testigo de la llegada del presidente Toledo y su ‘desinteresada’ ayuda para con los suyos. Será en esos días, lejos de Lima, compartiendo un miserable cuartito con Scamarone, el fotógrafo del diario, y con la incertidumbre de no poder escribirle una carta a Mónica en señal de respuesta cuando el periodista conozca a Jazmín, una muchacha de Oreja de Perro, madre gestante de la que el propio periodista llega a sentir cierto repudio – atracción. Y es que su condición social es ajena a la suya. Sus costumbres. Su forma de ver el mundo. Sin embargo, Jazmín y su criatura por venir harán que el periodista pueda recordar a través de ella a Mónica y a Paulo. Aunque bien lo sabe él que Jazmín no es una mujer independiente como Mónica. Jazmín es frágil. Jazmín en conclusión no es Mónica bajo ninguna perspectiva. Eso lo atrae más hacia ella. Le hace sentir que debe protegerla bajo cualquier costo, inclusive con su propia vida.
Por el contrario, será Jazmín la que de una u otra manera haga que el periodista tome una postura diferente ante la realidad que se abre paso ante sus ojos, una visión enajenada de la propia realidad es manifestada por el periodista quien quizá a través de sus palabras expresa la visión perteneciente de la clase media limeña allá por los años de Sendero Luminoso y el MRTA: “Pensé que no la iban a llorar demasiado, que a la gente del campo con muchos hijos no les afecta tanto la muerte de uno de sus hijos. Era obviamente una idiota por pensar eso. Ahora sé que me equivoqué. En las audiencias he visto desgarrarse a campesinos con docenas de hijos por la pérdida de cualquiera de sus hijos desaparecidos”. Esta opinión del periodista retrata una posición particular, una posición hasta respetable y valiente en un país en donde ahora todos se saben moralistas y hablan de violencia política, de injusticia, de números de afectados.
Más adelante el periodista afirma: “Por ejemplo, pasa una campesina absolutamente quebrada, con una joroba enorme, una mujer que parece un escarabajo, probablemente de cien años, arrastrando un atado que es el doble de su peso. Nadie la ayuda. Los policías con sus noticias de fútbol, yo con mi mareo”. La postura de indiferencia es claramente marcada por parte del periodista. Sin embargo, lo importante en la novela es como este problema que se menciona en el texto, al parecer un problema de ‘todos’ conlleva al narrador a esclarecer mejor su postura en lo que a él particularmente respecta. Scmarone le dice “olvidate de una vez de la cholita, hombre. ¿O es que quieres ser el padre de la criatura? ¿estás loco o qué? Más bien mira tu correo que te he mandado tu foto con la pituca. Ésa es la chica que te conviene, muchacho”. El periodista no puede huir de su realidad y aunque intenta averiguar lo que sucede con Jazmín se da cuenta que tanto él como ella yacen viviendo infiernos distintos, Jazmín ha perdido a su madre, él ha perdido a Mónica y Paulo. No sé cual de estas dos perdidas es más dolorosa parece decirse. Y eso es lo que ocurre en Un lugar llamado Oreja de Perro, no se superpone ningún dolor por encima del otro, por el contrario, cada dolor se justifica dentro de su propio contexto, de su propio infierno.
Es innegable atar cabos dentro de esta novela y dejar de relacionarlos con el propio autor, aunque leer Un lugar llamado Oreja de Perro bajo esa perspectiva sería demasiado impresionista. Por el contrario la última novela de Iván Thays llama la atención en su temática; teniendo en cuenta los temas antes tratados en sus anteriores novelas y su primer libro de cuentos, el lector se sorprende encontrar el tema de la violencia política, y aunque Un lugar llamado Oreja de Perro no intenta acercarse al meollo del asunto, pues el verdadero punto neurálgico gira en torno al problema más que social, personal. Algunas posturas con respecto al tratamiento estilístico no dejan de llamarnos la atención. Existe dentro de la narración fragmentos claves desde donde el narrador parece marcar una nueva postura, por ejemplo, cuando observa un mural de Diego Rivera titulado Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central. Acerca de ese mural el periodista afirma: “Quizá así es la vida de todo el mundo. Quizá todos podemos estar incluidos en alguno de esos personajes, o en varios. Y cambiar de rol. Y ser distintos a lo largo de los años”. En más de una entrevista Iván Thays ha prometido no volver a escribir como en sus primeros libros, el periodista de Un lugar llamado Oreja de Perro afirma:“Las frases hechas tienen más valor que las extraordinarias: encierran verdades absolutas, persistentes”. Finalmente, esta novela aunque no intenta hablar de todos, habla de todos, y es que cada uno de nosotros alguna vez estuvo en Oreja de Perro, perdió lo que más quería en la vida y se hizo la pregunta, y ahora, ¿qué sigue?.

16 enero, 2008

El jardín de los Finzi Contini


El jardín de los Finzi Contini
Giorgio Bassani
Editorial Seix Barral

El mundo es más pequeño de lo que uno cree. El jardín de los Finzi Contini llegó a mí de pura terquedad. De esa terquedad que poseemos los lectores cuando nos encaprichamos con un libro y lo buscamos por donde diablos sea. No importándonos nada, ni que la señorona esa de la Feria Internacional del Libro nos diga hasta la saciedad (luego de estarla jode que jode) “No, muchacho, ese libro no lo tengo, te lo he dicho la semana pasada… espera, ¿tú no eres el mismo del año pasado?”
Yo sabía que podía conseguirlo en alguna librería, pero mis bolsillos ya no estaban para gastos de tipo librería del Perú. Una tarde, de esas en las que el sol alumbra, no recuerdo, exactamente, que estaba haciendo por el Centro de Lima, pero recuerdo que caminando por la avenida Uruguay me topé con una tiendita misia, (de esas que los lectores solemos subestimar) y entré, (también por esa extraña intuición de lector –comprador– desahuciado) cuando vi el título del libro lo primero que hice fue cogerlo delicadamente y antes de abrirlo recuerdo que me dije como si fuera ayer “que no esté cagado, por favor, que no lo esté” y hoja por hoja, empecé a revisarlo y quedé ahí por 253 segundos, suspendido, casi sin respirar. Para sorpresa de la vendedora lo dejé en su escaparate con una indiferencia olímpica, cogí otros textos y pregunté por sus precios. La había confundido (un amague a lo Garrincha) de eso estaba seguro. Volví a preguntarle ahora por el libro de Bassani con más indiferencia de la que nunca pude jamás haberme imaginado. “tres soles nomás, dijo”. El libro estaba intacto, era original y me costaba 3 lucazas, ¡qué más podía pedir! lo pagué sin titubear y salí de esa tiendita misia a paso acelerado con el bendito libro que sujetaba entre mis manos y que presionaba fuerte por si las moscas.
Todo el trayecto a casa no le quité la mirada de encima y lo leí pausadamente cuando llegó el momento, como si disfrutara de algún agradable menjunje limeño. Entonces empecé a conocer a Micol, la chica mala de la historia (como diría la china María Emilia Cornejo), y empecé a conocer a los Finzi Contini, una familia de judíos radicados en Ferrara antes de que explote la II Guerra Mundial. Solo entonces pude comprender por qué es precisamente este libro el que consagró a Bassani. Un magnífico escritor al que le debemos entre otras tantas cosas haber leído Il Gattopardo, la obra de Giuseppe di Lampedusa (obra que rescató de las huestes fascistas de Mussolini cuando decretó éste sus leyes racistas.) Estoy seguro que este libro he de recordarlo no solo por lo que me costó conseguirlo sino por lo que tardé en obtenerlo. Y sí, señores, valió la pena haber jodido tanto.