Cuando aparecí en el lugar en donde hace exactamente un mes dicto el curso de redacción me di con la sorpresa de que Manuel, un lingüista al que admiro por su disciplina y talento, me estaba esperando en el Hall para emocionado comunicarme que Vargas Llosa había recibido el Nóbel, para ser sincero de primera impresión creí que aquello no pasaba de ser una simple broma que ha sido muy clásica sobre todo en los meses de octubre. Y es que son dos fechas en el año en las que trato de estar lo más atento posible para sortear como si fuera un Manolete los chascarrillos que aparecen en “El día de los inocentes” y en el mes en el cual se entrega el máximo galardón de literatura.
Aún dudoso, Manuel me abrumaba con frases de felicitación y abrazos de cariño como si fuera yo quien hubiera recibido el premio. Una alegría interna, pero contenida me emocionaba tanto que no sabía en aquel instante qué hacer, no sabía si alegrarme a la altura de Manuel o esperar a César, un literato sanmarquino que sabía que jamás se jugaría con una noticia de tamaña envergadura. Eran las siete y cuarenta y cinco de la mañana y no había tenido tiempo alguno para oír las noticias del día así que era flanco seguro de bromas de cualquier tipo. Todo parecía un día más que normal, había viajado de mi casa a mi trabajo y en el ómnibus nadie tenía cara de que había acontecido un gran suceso para nuestro país y sobre para nuestro querido Mario Vargas Llosa. Ningún comentario, ningún rumor. Sencillamente era un día más.
Cuando César llegó, Manuel le comentó lo que antes me comentase a mí y César para variar nos comentó que no tenía por costumbre empaparse de las noticias matutinas por considerarlas desastrosas. De inmediato, Manuel un tanto molesto nos dijo que era imposible que una noticia que a esas horas de la mañana era un trascendido no fuera conocida ni por César ni por mí, dos seguidores y admiradores de Vargas Llosa de tiempos remotos. Igual, Manuel no dejaba de estar chino de risa y burlarse de nosotros que más que felices estábamos angustiados.
De pronto nos acordamos de la radio que hay en el segundo piso y cual si fuéramos relámpago subimos las gradas de las escaleras de dos en dos para llegar en el menor tiempo posible. Mientras subía pensaba en las novelas de Vargas Llosa que me marcaron desde antes de entrar a la universidad y de la influencia que él como autor ha despertado en mí, alguien que aún y a pesar de sus años no ha desterrado el sueño de convertirse en un escritor de verdad aunque ello me suponga tener que cortar cualquier vínculo de ociosidad y/o distracción. Recuerdo ahora que recordé en ese instante que fue por Vargas Llosa por quien me atreví a escribir obras de teatro que me supusieron mis primeros trabajos literarios remunerados y fue por él además por quien decidí tomar una postura política (que era más que necesaria casi ética) en la universidad donde estudié.
Cuando llegamos Manuel encendió la radio y César y yo éramos un manojo de nervios, cuando logró sintonizar una emisora de mediana reputación, a mí sencillamente se me vino el cielo encima, pensé en la alegría que habría de tener Mario en aquel instante, pensé en aquella vez que lo pude conocer y en la que pude retribuirle con cortísimas palabras toda la admiración por su obra literaria y por su postura ética como humanista.
A César le brillaban los ojos y no se cansaba de repetir una y otra vez “bien hecho, Mario, así se hace”. Manuel repetía “se los dije” tantas veces que parecía un disco rayado. Yo no sabía cómo reaccionar y tan sólo me quedé allí parado pensando en esos segundos tan mágicos que aquello que había sucedido no era simple casualidad, y no recuerdo exactamente qué más pasó por mi mente pero sí recuerdo que en ese instante creí que todo lo que uno hace por convertirse en escritor al final del camino sí vale la pena y que lo que ha logrado Mario es fruto de un trabajo profesional, luego sonreí y mi corazón se hinchó de orgullo, baje para entrar a mi primera aula del día y supe que tenía la historia perfecta para empezar una bonita clase.
"...Uno escribe para quitarse el veneno que ha acumulado debido a su falso modo de vida, intentando recapturar su inocencia, pero lo único que logra es inocular el mundo con el virus de su desilusión. Nadie pondría una sola palabra en papel si tuviera el valor necesario para vivir aquello en lo que creía..." (Henry Miller)
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16 octubre, 2010
04 abril, 2010
Frase
La soledad no es más que un hombre solo que apaga las luces de su nuevo departamento y oye su propia respiración.
15 marzo, 2010
Èpocas de radio

La primera semana que estuve de reportero en Radio San Borja ni yo mismo sabía que diablos hacía en aquella sala de redacción, rodeado de personas mucho mayores que yo y que fumaban y leían los diarios del día con una concentración imperturbable. Nunca en mi vida ingresé a una facultad de periodismo y lo único que sabía era que para ser periodista no necesitaba hacer tamaño esfuerzo. Había tenido en un tiempo no muy lejano una sabrosa experiencia ligada al periodismo escrito, un pequeño espacio en un diario donde colaboré a cuentagotas y donde por primera vez me pagaron por escribir algo que no sean cartitas de amor, que era como solía costearme el recreo desde que ingresé a la secundaria hasta que la terminé. Ñan! Y claro, con hartos pancitos con pollo y Coca Colas bien helena, ¡pa’ que más, chibolo!
Pero esto era totalmente nuevo para mí, levantarse temprano, llegar a la radio, saludar a los coleguitas y chapar el micrófono más pintón para –ipso facto– leer en la pizarrita blanca la ruta del día, la co-misión que habría de costar sangre, sudor y lágrimas para que el jefe al finalizar el día me diga un fuck “bien hecho, hijo” ¿bien hecho? ¿hijo? Y yo dentro de mí pensando gordo maricón, si supieras todo lo que tuve que hacer para que el micrófono de la radio salga al ladito de los de la tele, en fin, aquello fue lo primero que aprendí en San Borja, el micrófono no sirve para nada, hijo, me dijo una vez, sólo para ganar publicidad a través de la televisión, para que los demás sepan que existimos en este mar de posibilidades de la información, ahora que si te interesa usarlo para fines personales e íntimos me lo traes lavadito nomás. (Je, je, que ingeniosito el gordito que da ordenes desde su despacho como loco y mira los culos de las practicantes que lo chotean por doquier, ¡cabrón!)
Si algo he de olvidar en mi lecho de muerte antes de subirme al botecillo de Aqueronte para que me haga una carrerita sin regreso téngalo por seguro que será todo menos aquella primera semana de práctica en donde empezamos unas cinco o seis puntas y terminamos reduciéndonos a dos, Jack y yo, quienes contentos de haber pasado aquella primera semana reventamos nuestro primer sueldo en cervezas, confiados en que las cosas nos irían mejor de lo que nos estaba yendo a cada uno de nosotros en sus respectivos cargos. Jack, era la voz, el locutor de voz sensualona que no chapaba ni un resfrío en la radio por más que el se mataba intentando seducir a una gordita de cierta gracia y que disimulaba sus kilitos de secretaria dedicada a teclear informes con ese tamaño tan caballuno que le hacía honor a su chaplìn puesto por algún faltoso: “La camión”.
Yo era el nuevo reportero de San Borja, el huevoncito que se apareció una mañana en la radio a las 9 a eme y faltó al trabajo sólo para ver de qué trataba aquel chiste, había recibido un mail en donde el mismo director del programa me invitaba a una entrevista personal. No lo dudé dos veces y dejé de ir a mi trabajo para presentarme a un oficio del que lo único que sabía era que quizá, a lo mejor, si tenía suerte, la podía hacer. Aparecí como de costumbre temprano, no tanto por querer ser puntual o patero sino que cuando vives tan lejos como yo terminas tomando tus precauciones y las que yo suelo tomar siempre exceden a una o hasta dos horas antes de la cita pactada, antes de ingresar a la radio hice hora leyendo los diarios que colgados como trapitos sucios en el quiosco de Aviación se bandereaban con pana y elegancia.
Cuando ingresé había tantos postulantes que no terminé por mirarlos a todos. Bien peinaditos y engominados, con sus trajecitos impecables miraban sus relojes de marca con autosuficiencia y esbozaban el gesto más Charly posible, la salita de estar donde fueron apareciendo uno a uno se fue colmando hasta que no hubo espacio para nadie, entonces el aburrimiento rompió el hielo entre los desconocidos y triviales preguntas de corte ¿en qué universidad estudiaste, flaca? O ¿es tu primera vez, amigo? Empezaron a flotar por doquier. Personalmente no me interesaba conversar con nadie dado que mi único fin era avanzar unas hojitas más del libro que estaba leyendo, oír mi nombre en los labios de “La camión” y dar mi primera entrevista y, qué chucha pues, me dije, si el jefe me empieza a hablar de cosas puntuales acerca del periodismo empiezo haciéndole recordar que Gabito, se convirtió en periodista el día que entró a un diario y le dijo al dueño de aquel circo.
–Oiga, yo quiero trabajar aquí.
–Y de qué
–Quiero escribir
–¿Usted sabe escribir?
–Pues claro
–Entonces deme algo que haya escrito y si está bien arranca el lunes.
Ese era el tipo de entrevista que anhelaba, sentado, esperando que “La camión” moviera esas enormes nalgas, se acercara y pronunciara mis apellidos para terminar con esta agonía que ya llevaba horas sobre mi pecho y que disimulé a la perfección gracias a aquel librito que tranquilizaba mi inquieta alma. De pronto sucedió el milagro.
–¡Reyne!... ¡Reyner!... ¡Reymer! ¿está o no está?
Otra vez la misma cantaleta, la metamorfosis de mi apellido maltratado por una vieja gordinflona y miope que no leyó bien las tan claras letras del mismo, no pedía mucho, no había dicho el tan difícil Wendell, peruanizado a más no poder, no le pedía que pronunciara el Wendell como solía pedirlo mi abuela en la cabina de los bancos antes de cobrar su pensión de jubilada, maltratada, burlada, olvidada, ignorada, etc, sólo pedía una pizca de concentración caracho, ¿era tanto pedir?
–Reyme, señorita
–Lo siento, pase por aquí y siéntese, por favor.
La oficina era literalmente una mierda, computadoras cabezonas parecían formar cual militares sobre mesas alineadas a la perfección, a esas horas de la mañana, ningún parroquiano tecleaba su carilla del día ni se percibía esa aureola a tabaco barato que dominaba la atmosfera al mediodía. Sentado y con la concha más grande que jamás creí tener esperé la entrevista con cierta confianza. Minutos después apareció un hombre que más parecía un personaje de Botero, pícnico como él sólo, me saludó con una voz media aflautada.
–Buenos días, me llamo Rodolfo, tú, eres…
–Eduardo
–Mucho gusto Eduardo
–Bueno te hemos citado porque estamos buscando practicantes con miras a trabajar en nuestro equipo a futuro, buscamos un locutor y dos reporteros, tú, ¿has hecho locución o has reporteado alguna vez?
(¡La cagada!, pensé yo, qué le digo, 1, 2, 3 segundos, sé honesto carajo, si te manda a la mierda te paras y te quitas con la misma conchudez con la que has entrado, desubicado)
–No, pero trabajé en un diario escribiendo en la sección cultural y he colaborado con algunas revistas.
–Perfecto, Eduardo.
(¿Perfecto? Aguanta tu coche, acaso dijo perfecto, qué no me va a pedir el nombre del diario, no me preguntará cuánto tiempo estuve ahí, por qué salí, qué busco con el periodismo, si quiero la paz mundial o si me agradan los gatos)
–Y sabes redactar bien
–A la perfección, mire aquí tengo mi libr…
–Perfecto, Eduardo,
(Aguanta, ¿otra vez dijo perfecto? ¡no jodas!)
–Lo último que quiero señalarte es que la propina de un practicante es de 200 Nuevos Soles, si pasas la semana de práctica se te cambia el sueldo considerablemente. Además conforme vayas demostrando talento harás despachos en vivo y si vemos cualidades podrás acompañarnos en la cabina una vez a la semana. Ahora sí, ¿estás de acuerdo? ¿alguna objeción?
(esto debe de ser una joda, no puede estar pasándome a mí)
–No, ninguna.
(Claro que ninguna, no había entrado para hacer dinero y menos para llenarme los bolsillos, había entrado por el simple hecho de aprender In Situ, había entrado porque algún día escribiría aquella experiencia y la contaría y a lo mejor me animaba a publicarla ante la insistencia de algún amigo que me animó cuando le conté que había conversado con el Lord de la literatura peruana con el Obi Wan Kenobi de los escritores, el mismísimo Vargas Llosa, una de esas mañanas que jamás he de olvidar, Aqueronte, I promise you!)
–Entonces empiezas el lunes, Eduardo, bienvenido a Radio San Borja.
(Ni al mismo Gabito le pasó esto, a él le pidieron un texto escrito a mí me sacaron al ojo, barbita crecida, lentecitos perfectos, buen hablar, serenidad, tranquilidad, pinta de que escribe a leguas, pinta de talentoso ¡uff! como cancha y encima se aparece a las entrevistas con libro bajo el brazo, ¡ah no!, este es, esta debe ser la persona que estamos buscando, mi sucesor, mi padawan, el que hará el trabajo sucio sin más ni más, yo nunca me equivoco, firma, tu jefecito.)
Todo el camino rumbo a casa intenté repasar lo que había sucedido en aquella oficina, desde mi llegada exageradamente londinense hasta cuando me dijeron aquello de bienvenido. No salía de mi pequeña turbación, necesitaba hablar con alguien para que terminase creyéndome todo aquello que yo no era capaz de aceptar. No era The New Yorker aquel trabajo tampoco, pero para alguien que jamás en su vida había trabajado en ese mundo la sorpresa terminó convirtiéndose con el pasar de las horas y después de hablar con Javi, en inseguridad.
–Aló, Javi, acabo de salir de la radio.
–¿Cuál ah? ¿qué radio? Me has despertado, pendejo.
–En San Borja pues y a que no sabes…
–Qué es lo que no sé.
–Me lo han dado, tío, empiezo el lunes, me han dicho que haré carillas, despachos y entraré a cabina una vez a la semana.
–Ah ya, ¿y sabes como carajo se hace eso?
–¿Qué?
–Una carilla, un despacho. Lo de la cabina suena más fácil, me imagino que te meten donde supongo hablan los conductores hasta por el culo ¿no? eso es probable que te salga bien.
(entonces por primera vez en aquella mañana me asusté)
–Nada, huevas, no tengo ni una puñetera idea de cómo se hace una carilla o un despacho.
–ja ja ja. No se equivocaron contigo, genio, ahora que te manden en vivo tienes dos alternativas o investigas qué haces para no hacer el ridículo o dejas el trabajo y te olvidas de tu nueva aventura.
Javi tenía razón, antes de colgar y despedirme decidí leer algo en internet acerca de los despachos y las carillas, pero para mi mala o buena suerte recordé aquella frase inmortal de la novela “Tinta roja” de Fuguet que apareció nítida, escarchada, subrayada y resaltada en mi memoria de elefante, “El periodismo como la prostitución se aprende en la calle”, entonces dejé mis vanas investigaciones teóricas y después de repetir aquella frasecita que fue algo así como una pastillita para mi alicaída moral estaba más decidido que nunca. Si me había metido a este oficio aprendería como las putas aprenden a prostituirse, equivocándose.
Esa primera semana fue desastrosa, pero como todo tenía mis pros y mis contras. Veamos. Pro, llega temprano; contra, no sabe ¡por dios! Qué es una maldita carilla. Pro, no ha estudiado periodismo pero tiene más conchudez que los mismos alumnos de las universidades fichas; contra, no sabe mandar un simple despacho. Pro, tiene deseos de aprender; contra, no se ubica con rapidez por Lima, se demora mucho en llegar al lugar de los hechos. Etc etc.
Era el primer enterado que de seguir así no pasaría esa primera semana, así que decidí hacer que esa semana fuera la del aprendizaje, si la siguiente no había corregido las sugerencias que me hacían me tiraría a la mismísima Javier Prado por cojudo y por no aprender algo que en teoría se veía tan simple. Llegaba a mi casa más que enojado conmigo mismo, no era capaz de agradarle a quien me estaba evaluando aquella semana, un tipo que para serles franco nunca le vi cara. En la radio me entregaron un celular con línea abierta con el cual no pude evitar la tentación de marcar el nombre de algún amigo y decirle que lo llamaba desde la radio porque ahora era reportero de San Borja, manyas. Al día siguiente el hombre de la voz extraña al que llamaba para reportar mi ubicación y leerle mi despacho del día me preguntó si había llamado a otra persona aparte de los únicos números que podía llamar, por supuesto que negué cualquier indicio de acusación.
El hombre de la voz extraña se llamaba Abraham, nuestros diálogos eran más o menos así:
–Alò, Abraham.
–Hola, Eduardo, dónde estás ahora, cuéntame.
–Estoy en la Maison de San té, a la espera de que Fleitas sea trasladado al primer piso para su segunda operación.
–Muy bien, y ya tienes tu despacho.
–Sí, aquí lo tengo, te lo leo
–A ver, a la voz de tres ¿ok? Recuerda que tienes 1 minuto. ¿listo? 1, 2 y 3 ¡vamos!
–Hola, amigos, me llamo Eduardo Reyme y soy reportero de radio San Borja…
–¡Que mierda haces, Eduardo! A quién carajo le importa quien eres, cuál es la noticia, no me dices nada, esto es radio, hijo, imaginación, nadie te está viendo, podrías estar haciéndote una paja y a nadie de los que te están oyendo les interesa, ellos sólo quieren saber qué vas a informar, tu tono de voz esta bien, pero respeta el orden, no olvides que debes responder preguntas básicas como desde donde informas, qué informas, agregar un cometario y cerrar con “para radio San Borja, Eduardo Reyme”, nada más, mira te llamo en media hora y me lees otra vez tu despacho. Chau.
Fue más que duro al principio, nadie se compadeció de mí y en realidad tampoco quería eso, cada puteada, cada mandada al carajo, alimentaban mis ganas por demostrarle al hombre de la voz extraña que ese despachito no sería un obstáculo. Al día siguiente ya sea desde Palacio de gobierno, el Congreso de la República o el mercado 24 de octubre del Agustino, mandaba mis despachos y los iba puliendo cual orfebre que quiere sacarle brillo a sus joyas, yo era un escriba que podía hacer magia con las palabras y le iba agarrando el hilo a las cosas, llamaba canchero ya, y le decía a Abraham que mi despacho ya estaba listo, él lo oía y me decía que había mejorado mucho. El patito feo empezaba a convertirse en un simpaticón cisne, tenía entendido además que los demás reporteros no habían mostrado en esa segunda semana mejora alguna, había gente o que tenía problemas al pronunciar la “r” o la “s” o ambos problemas a la vez y cada vez que decían Radio San Borja sonaba a una mezcla de radio de España con Rumano, increíblemente atroz. Por último y para el colmo de los colmos había otro muchacho medio tartamudo que se tiraba unos cuatro minutos en cada despacho. Ellos como pueden inferirlo no duraron esa segunda semana en donde después de lanzar mi segundo despacho de práctica Abraham me informó.
–Mañana sales en vivo a la hora del programa, Eduardo
–¿Qué?
–Que mañana sales en vivo a la hora del programa o qué creías que aquí estamos jugando al periodista y yo al profesor.
–Perfecto, Abraham
(chuchetumadre mándame a donde quiera y verás que la hago)
Y el chucha de su madre de Abraham me mandó a un grifo para averiguar si la gasolina había subido, exactamente al grifo que queda en la esquina de la radio. ¡joder! Qué periodista que se respete se va de comisión a la esquina de su radio y lanza un despacho para ver si ha subido la gasolina. No me jodas pues, Abraham, como que a un grifo. Y claro que no le dije esto último y cogí el micrófono y caminé esas dos cuadras para llegar al grifo y hablar con los muchachos que amablemente me dieron la información respectiva para hacer mi primer despacho oficial, mi debut, mi entrada a las ligas mayores del periodismo peruano, ¡en un grifo! ¡conchasumadre! ¡qué cagada!
Cuando llegué a la radio, caminando, Rodolfo me dijo que tenía una buena voz. Jack redactaba las carillas que son las noticias de cada hora que se leía en el microinformativo de la radio y de paso le miraba las tetas a “La camión”, el programa había terminado entonces y yo cual zorro viejo me ponía a leer todos los diarios en medio de esa atmosfera de tabaco que aún hoy, déjenme decirle, extraño. Rodolfo fue tomando aprecio por mí con el correr de los meses, hacía lo que querían ellos, buenos despachos, buena voz, muchas ganas y encima cobraba barato qué más podían pedir. Una mañana Rodolfo se me acercó y me dijo que mandara un despacho desde Palacio de Gobierno, le dije que encantado de la vida, pero cómo haría para llegar hasta Palacio considerando que Palacio quedaba a una hora y media de San Borja y considerando además que faltaban apenas cinco minutos para que el programa Pulso informativo saliese al aire, entonces Rodolfo me miró y dio un bufido de vaca cansada. Invéntate algo, hijo, imagínate que estás en Palacio, ¿ok? Lo quiero en quince minutos. Yo me quedé con la boca abierta hasta el suelo como un dibujito animado pensando y ahora qué mierda hago, pero después de buscar en internet la reunión que se estaba llevando a cabo en Palacio hice lo que me encargó a la perfección, inventé que estaba en Palacio y redacté mi despacho, lo leí, lo imprimí y me paré con tal conchàn en el mismísimo patio de San Borja que cuando empecé a leer mi noticia todos los que pasaban por mi lado sonreían como diciéndome “mira las pendejadas que aprendes de ese gordo mañoso”. No recuerdo que inventé para aquella ocasión, lo único que recuerdo es que Alan García había recibido con mucha animosidad a los representantes de Edelnor y que se estaba discutiendo un proyecto a favor del estado y de los usuarios, hasta el día de hoy, espero que así haya sido por el bien de todos los peruanos que al oír mi despacho se ilusionaron.
Me subieron el sueldo y las latas de café empezaron a llegar en cantidades industriales, entraba a Swiss Hotel, al Marriott y como ya era diciembre la jefa de imagen de estas instituciones tenían la costumbre de regalarle a los pobres periodistas pequeños obsequios, era la gloria para mí, tenía las puertas abiertas de todos los lugares con mi pequeño carnet de prensa que me entregaron en una ceremonia donde me vaciaron una lata de cerveza en la cabeza y que significaba que ya no era un practicante más, era un integrante del equipo, un periodista como siempre quise serlo. Jack y yo estuvimos en aquel compartir que se hizo en la radio y donde nos tomamos casi todo el pisco habido y por haber con un periodista muy conocido y muy borracho con el que hicimos una amistad muy amena y con el que nos tomábamos unas cervecitas cada vez que salíamos de la radio a eso de las diez u once de la noche hora en la que nos daba un aventón a Jack hasta la Avenida Arequipa y a mí hasta el Centro Comercial Arenales. Jack nos contó a ambos mientras viajábamos en el Yaris del año de aquel periodista que se había levantado a “La camión” la semana pasada y que había resultado una enferma de la patada. Oímos su relato en silencio y era como prender una radio y oír una voz media calenturienta que describía una escena sexual sin tabúes, no sé si a nuestro amigo periodista le pasó lo mismo que a mí, pero yo tenía una erección más que bíblica.
Y llego el día.
Como de costumbre llegué temprano a la radio por razones ya señaladas, miré la pizarrita blanca y ahí estaba “MUSEO DE LA MEMORIA: ALAN GARCIA, JAVIER PEREZ DE CUELLAR Y MARIO VARGAS LLOSA” encargado: Eduardo. Salte de un pie cuando leí mi comisión del día, además llevaba en mi morral mi libro que tenía como destino el único destino al que un libro debería aspirar para sentir que su largo trajinar ha llegado a puerto seguro, las manos de un escritor, pero no de un escritor como los hay en este país tan choclón, sino de un escritor que lo ha ganado todo o casi todo que no es lo mismo, pero es igual. ¿Podría darle mi libro a Vargas Llosa? ¿podría acercármele aunque sea un centímetro justo y necesario para alcanzarle mi libro y en el peor de los casos aventárselo para que lo recogiese del suelo como un mandril que recoge su maní? ¿podría decirle algo? Y si así fuere ¿qué le diría? Mi primer intento por llegar a Vargas Llosa fue cuando este se presentó en la Casona de San Marcos y en donde me hice pasar con esa conchudez que ustedes ya saben que puedo llegar a tener como reportero, cuando apenas cursaba el tercer año en la universidad. Al toque nomás pasé la puerta y dije una frasecita que por aquel entonces era media mágica, “prensa” a la vez que mostraba un carnet que por lo general los de seguridad nunca se detenían a leer. Hice lo mismo ¿resultado? Capturado por la policía que sustentaba que había tenido el intento de atentar con la vida de nuestro Jedi mayor ¿me pasaría lo mismo ahora? Nones, ni a patadas, ni cagando, tenía el tan anhelado carnet que me permitía meterme al mismísimo baño de Alan si me daba la gana y si, por supuesto, me daban algo de sajiro, un poquito de bola.
Cuando llegué al Museo de la Memoria la ceremonia ya había empezado, mi ubicación no era la que tenían los ministros ni los congresistas, pero era la posición más cercana que podía tener un ser como yo, un ciudadano de a pie y era la posición que me hacía más feliz, todos los medios estaban presentes, todos los canales incluidos los extranjeros enfocaban a Vargas Llosa quien sentado desde su ubicación intercambiaba comentarios con Javier Pérez de Cuéllar.
La prensa había sido destinada a una especie de podio desde donde según los señores de la seguridad debíamos entrevistar a los insignes señores de la mesa de honor. Alan García habló y me aburrió, Pérez de Cuéllar habló muy bajito y no lo oí muy bien que digamos, y ahí estaba él, Don Mario, listo para que Sol Carreño que la funcò de moderadora lo presentara con se le debe presentar a alguien como él. El público enmudeció, Mario se puso de pie y la gente empezó a aplaudir como a una estrella de rock , se paró detrás del podio, acomodó su micro, miró al frente y todos los que estaban oyéndolo asentían con la cabeza como diciendo, cuánta razón, Mario o Pero si yo también pienso igual que tú, Mario. Bravo, Mario, bravísimo.
Yo desde mi ubicación miraba a Vargas Llosa lo más cerca que creí podía estar de él, más adelante sabrán por qué digo esto, y desde aquella ubicación lo miraba y me decía para mis adentros “ya sé por qué ingresé a la radio, ya tengo la respuesta, Eureka, es por ti, Mario, por ti”. Porque en el fondo sabía que sólo un oficio tan puto como el de periodista podía tenerme tan cerca de ti como nadie podría estarlo, me imaginaba la cara de mis amigos cuando les contase que había tenido a un Skywalker de verdad frente a mí, vería en sus ojos un brillito como queriéndome decir, “puta madre, Lalo, siempre nos cagas, puta madre”.
Lo oía a la perfección, su discurso fue letal, sin miedos, sin temores, con una rebeldía que una persona como él a la edad que tiene es capaz de mostrar. Vargas Llosa y yo, yo y Vargas Llosa, el maestro y el alumno, el Jedi y el padawan, el que lo ganó todo y el que nunca en su vida se acercará ni a la mitad de lo que ha ganado él y en el fondo me consuela que ningún hombre de este país podrá superarte así que chúpense esa mandarina los Ampueros, los Cuetos y los Thays, miren a su padre que todavía y aún encanecido los cachorrea.
La ceremonia terminó, de pronto una voz aparece en medio de la turba de periodistas ávidos por la noticia. “Habla, rompemos” dice alguien. Romper es causar o quebrantar el desorden en una ceremonia ficha en la cual acuden personalidades que tienes que ponerles el micro sí o sí si quieres justificar tu comisión y/o tu profesión, si no consigues información cerca de la personalidad, estás en nada, dedícate al cultivo de judías. “Ya, somos–responde alguien–a la voz de tres, uno, dos…” antes de llegar a tres cinco seguridad yacen en el suelo atrapando a unos fotógrafos, una reportera yace patas arriba y se le ve el calzón amarillo, un practicante yace atrapado en las manos de un policía moreno que lo acogota, no, no se preocupen, no soy yo, yo estoy a menos de veinte centímetros de Alan García. Un periodista español que creo haber visto en la tele le lanza una invitación.
–Presidente, García, presidente García, unas preguntas, por favor.
Alan, pendenciero como siempre, dice nones con el dedazo gordo de su mano y de pasadita manda un besito volado a la prensa que acodada y cuerpo a cuerpo, casi sin aire, lucha por conseguir un espacio privilegiado. Se retira con esa risita cachosa y su gordura que impide que el botón del saco le cierre. El español se achora, se alimeña, se aviva, se apendeja.
–¡Gilipollas!– grita.
Todos se ríen y por ahí un paterito dice “ay, se pasan ¡malcriados!”.
¡Mi objetivo! Donde está mi objetivo, miro el cabello plateado, una cámara reposa en mi cabeza, sorry, causita, no te muevas, me dice un pata. Alguno de los presentes se envalentona, se anima y extiende la invitación, alza la voz para que pueda oírla.
–Don Mario podemos hacerle unas preguntas
(cruzo los dedos mentalmente, no me cages, Mario, tú no, por favor)
–Un segundo, ahora conversamos.
(¡bien hecho, Mario! ¡Tú no… tú no, causa!)
Entonces Mario se da la vuelta por el escenario para no tener que agacharse la cinta de seguridad o saltarla, ya no estoy para esos trotes, padawan, tú me entiendes, y yo, sí, Mario, por supuesto.
Ahí está sin seguridad, paradito, tranquilo, sin nadie que lo joda. Los periodistas se callan unos a otros. Delante de mi hay una persona, delante de esa persona está Mario Vargas Llosa y yo simplemente no sé si gritarle que le debo todo o seguir con este micro de mierda que extiendo para que tenga que salir en las cámaras porque sino, Rodolfo, mañana me va a estar jodiendo. Mario conversa, habla en limpio, impecable, qué vas a editar ahí, chibolo, sólo chapa tu grabadora y pon REC, luego transcribe y listo. Después de algunos minutos Mario se despide, se aleja de aquellos periodista, noto que lo sigue menos gente, pero igual muchos quieren estar a su lado, que los enfoquen para que cuando lleguen a casa decir en el barrio que sì, el que sale a su lado soy yo, causita, Mario, buena gente el tipo.
Sigue avanzando, la vehemencia de un periodista lo hace tropezar con una silla forrada para la ocasión, no se queja, no le dice nada a la periodista sólo le pregunta si está bien, si no se ha hecho daño.
¡Ah no!, si Mario es capaz de aguantar tremendo tacle, también podrá aguantar a un jodido como yo que lo único que quiere es regalarle su libro. Ahí vamos.
–Mario tengo un obsequio para ti
(Mario camina delante de mí, parece no oírme, primer intento)
–Mario tengo un presente para ti
(Mario aún delante saluda a los conocidos, segundo intento)
–Mario te he traído un regalo
(Nada, Mario parece no oírme, alzo la voz para que me pueda oír)
–Mario tengo algo que quiero entregarte
(Nada. Me detengo, creo que alguien como él es una persona muy ocupada, alguien que debe hablar con Ministros y congresistas, no con periodistas para cosas que no sean estrictamente periodísticas. Lanzo mi último intento y en él trato de ser lo más franco posible que puedo)
–Mario te quiero regalar mi libro que publiqué hace años con mi propia plata
(Aguanta, chochera, se mueve, se está moviendo, sí, sí, sí, está girando y no es para escupirme o mandarme a largar, voltea completamente, me mira a los ojos y yo lo miro totalmente atónito)
–Mario este libro lo publiqué hace dos años y quiero regalártelo–le digo y extiendo el libro hacia sus manos.
–Aparte de periodista también escribes, muchacho– me dice él, es altísimo, inspira respeto y cariño.
–No soy periodista, Mario, tomé este trabajo porque me agrada y porque me permite estar cerca a personalidades como tú– le digo y miro su interés, es como si lo que le dijera fuera lo más importante para él en aquel instante.
–Ah ya te entiendo, a mí también me pasó lo mismo…prometo que llegando a mi casa lo leeré… pero me darás tu autógrafo para llevarlo de recuerdo.
(¡la cagada! ¡corto circuito en mi cerebro! Mario me pide un autógrafo y no está bromeando, está ahí, parado, esperando que reaccione y que saque una pluma y ponga algo ingenioso, él, Vargas Llosa aún pide autógrafos, él que podría tener la concha de morirse ahoritita mismo y no tener que envidiarle nada a nadie porque casi tuvo todo por lo que luchó.
Lo miro, me cagaste, Mario, me mojé cual padawan, no pensé jamás que me dirías eso, tú, o sea, tú, huevas, el lord de la literatura peruana, el Obi Wan Kenobi de los peruchos.
–No tengo pluma, Mario, sólo puedo darte las gracias en nombre mío y de mis amigos por seguir escribiendo y por hacernos creer en la literatura.
(Mario sonríe)
–Diles que más bien gracias a ellos por leerme y muchas gracias por el obsequio (vuelve a sonreír)
–De nada, Mario–digo, pero es a su espalda ahora a la cual le hablo, unos tipos enormes lo desaparecen y yo siento que acabo de tener el mejor orgasmo en mi poca auspiciosa vida como periodista.
Abraham me llama
–¿Y?¿qué conseguiste?–pregunta impaciente.
–Tengo el discurso completo de Vargas Llosa, las palabras de García y Pérez de Cuéllar.
–¡Así se hace, cachorro!–dice Abraham– prepárate un despachito y me llamas dentro de una hora ¿vale?
–Perfecto.
–Más bien movilízate para San Borja, una tía están haciendo su reclamo por el nuevo hospital del Niño en ese distrito.
Abraham sigue hablando, yo siento que puede mandarme a la misma Antártida si quiere. El sólo hecho de imaginar a Mario en su camioneta con mi libro entre sus brazos hojeándolo me pone de buen humor. No sé cómo puedo trabajar como periodista si ni siquiera porto un lapicero entre mis cosas ¿qué le hubiera puesto en la dedicatoria? ¿qué cosa esperaría él leer en dicha dedicatoria? No lo sé, pero creo que lo que tuve que decirle se lo dije personalmente y mirándolo a los ojos y estoy seguro que de no haber conseguido el puesto en aquella radio nunca hubiera tenido ese par de minutos que busqué para demostrarle todo mi respeto al Lord de la literatura peruana, al Obi Wan Kenobi que aún pide autógrafos en las ceremonias más importantes de este país, al hombre al que mucho de nosotros le debemos tanto que terminamos negándolo.
–Tengo la foto del momento en que está recibiendo el libro, habla, te la vendo–un fotógrafo me dice aquello casi de paporreta.
–¿Cuánto?–digo y vuelvo a pisar tierra.
–Cien Luquitas. Mírala– dice.
Me acerco a su lente, es Mario mirándome fijamente, yo al parecer estoy hablándole antes de entregarle el libro. Aquella ¡es la foto! Cuento los billetes de mi bolsillo.
–Tengo cincuenta– le digo– qué dices.
–No pasa nada, socio, cien o nada–insiste el fotógrafo.
Hago un esfuerzo, abro mi mochila, reviso la secretera.
–Setenta, no hay más– le digo aún sabiendo que tendré que caminar de regreso desde Miraflores hasta San Borja, y desde San Borja hasta mi casa. O sea, una utopía.
–Cien, cien Lucas
–No tengo
–Entonces no hay foto del recuerdo–dice y borra la foto de su lente en mis narices, me muestra la imagen, veo como se desarma en pequeños píxeles hasta desaparecer del todo.
Doy media vuelta y me dirijo rumbo a San Borja, una viejitas reclamonas y pitucas me esperan para ofrecer mi justiciera dedicación de periodista en ciernes. “Algún día lo escribiré–me digo a mí mismo–algún día yo mismo me haré venganza”
14 marzo, 2010
¡Que pase el siguiente!

–Buenos días, llamé hoy por la mañana y quisiera saber si la plaza de profesor está disponible…
–¿Usted es profesor de literatura?
–Sí, claro, me enteré de la convocatoria y llamé el día de ayer para acordar una cita y...
–Muy bien, su curriculum, por favor, su curriculum…uhmm… interesante, muy interesante…
–…
–Bueno profesor, vayamos al grano, sepa usted que nuestra institución anda tras la búsqueda de un docente proactivo, capaz de trabajar bajo presión y dispuesto a ponerse la camiseta porque sabrá usted que este año hemos pensado hacer que nuestro colegio se consolide como uno de los mejores colegios de la zona y como sabrá usted no hay recompensa sin esfuerzo, usted entiende ¿no? Ahora bien, tengo que ser transparente con usted y hablarle con trasparencia porque a mí me gusta hablar con transparencia ¿no? Y nosotros como toda institución tenemos una cantidad un poco baja de alumnado, y me gustaría ser transparente desde el inicio con usted porque no nos gustaría quedar mal en lo que concierne a los pagos es por ello que andamos tras la búsqueda de alguien que maneje las aristas tangenciales de la educación en pleno siglo XXI, usted entiende ¿no?, quiero decir que deseamos un profesor capaz de motivar a la lectura a nuestros alumnos porque leer es importante ¿no? Y es terrible encontrar alumnos que no están interesados en leer cuando leer es una de las cosas más importantes para este país ¿no? Porque le cuento que el año pasado tuvimos un profesor que dictaba el curso y no logró que los alumnos hicieran una comunión con los libros, es decir no logró que ellos lean ¿no? ¿A usted le gusta leer?
– Por supuesto…
–Que bueno porque yo necesito alguien de mi nivel, alguien con quien hablar de libros porque sepa usted que a mí me gusta leer muchísimo y de lo bueno, ¿leyó la última novela de Coelho? ¡Una joyita!, que ¿no? Pues debería leerla, un profesional capacitado del área del literatura debería leer todas las obras de Coelho y ahí nomás empalmarlas con las obras de Cuauhtemoc, ya si quiere motivarse un poquito más tendrá que leer Quién se ha robado mi queso, un imprescindible de toda biblioteca que no debería faltar en ningún hogar peruano, sepa usted que en mi casa pueden faltar muchas cosas pero jamás un librito, ¡ah no! Eso sí que no, cada fin de mes le cuento que yo me compro un librito (piratita nomás) para poder mejorar como profesional porque uno cuando lee mejora ¿no? Y aumenta su léxico. Este país, discúlpeme profesor, pero está lleno de muchos ignorantes, a mí me gustaría tener, profesor, la posibilidad de regalar libros a todas las personas, de cabeza nomás, si yo pudiera hacer realidad ese sueño repartiría por el mundo obras memorables como Padre rico, padre pobre, por ejemplo, y otras tantas obritas que le acabo de señalar y que son tan interesantes para el conocimiento del que desconoce. ¡Uff!, profesor, de verdad debería leerlas, son una joyas de la literatura, obras que perdurarán a través de la historia de la humanidad, usted entiende lo que digo ¿no? Per-du-ra-ràn y eso es más que importante, ojalá nuestros alumnos leyeran lo que yo leo, ¡Uff!, este país sería otra cosa, imagínese si los alumnos leyeran la mitad de lo que yo he leído, serían unos líderes natos, unos capos, unos dignos directores como yo, ¿no cree usted?
–Bueno yo…discúlpeme, pero detesto esos libros, es más acabo de mudarme y los he leído para saber de qué tratan y dar un juicio de valor literario y…
– ¿Y? ¿Y? Qué tal, seguro que están esos libritos en un altar de su casa ¿no?, los míos están hasta forraditos con vinifan.
–No precisamente, los leía en el baño y son los únicos libros que jamás tendría mi biblioteca, es más acabo de hacer un paquete con ellos y estoy esperando el camión de la basura para botarlos.
–Pero profesor, porque dice eso, podría si no le gusta la buena literatura, ofrecerlos a los señores que botan la basura, a lo mejor ellos si saben apreciarlo ¿no? No se vaya a molestar, y no lo digo por ofender ¿no? pero hay ciertas lecturas que exigen un nivel de entendimiento supra superior al intelecto del cerebro humano de la persona.
–En realidad no se los he regalado a nadie y menos a los señores de la basura que estimo tanto…
–Yo estoy leyendo ahora “El delfín” de Sergio Bambarèn, el futuro Vargas Llosa del Perú, la esperanza literaria de este país, ¿no cree usted?
–¿Bambarèn?
–Claro, Bambarèn, no me diga que tampoco lo conoce, le cuento que yo tengo su libro hasta autografiado, y yo todavía que soy ingeniero de profesión, usted como profesor del área debería leer esas lecturas tan apasionantes; y a todo esto ¿qué está leyendo ahora?
–2666
–No, le pregunté qué estaba leyendo no su dirección.
–Pues 2666, es una novela de…
–Pero a quién se le ocurre leer una novela con ese título, profesor, ¡por dios! discúlpeme ¿no? Pero no me atrapa, no me cautiva en realidad, 2666, 2666, qué ridiculez tan ridícula.
–¿Usted sabe quién fue Roberto Bolaño?
–Profesor, por favor, como me hace esa pregunta, mis hijos ven su programa todos los días y no se pierden ningún capítulo.
–No, no dije Roberto Gómez Bolaños, dije Roberto Bolaño.
–¿Cómo?
–Olvídelo, mire quisiera saber cuánto ganaría si trabajara por horas, digamos un día al mes.
–Pues eso es relativo, profesor, porque sepa usted que hay profesores que pueden ganar al inicio 6 soles y otro pueden llegar a 15 soles, dependiendo del nivel del profesor, claro está, usted dado que no maneja muy bien los éxitos comerciales de la literatura universal, los futuros clásicos de la literatura pues creo, considero, infiero, autoreflexiono que dado el usufructo del estado y teniendo en cuenta el último DCN del Ministerio de Educación, asumimos, suponemos y deducimos que debería ser sometido a una evaluación de corte metacognositivo…
–¿Qué?
–Así como lo oye, profesor, mire yo creo que estoy siendo muy claro con usted, lo que estoy queriéndole decir es que no podemos pagar lo que está pidiendo.
–Disculpe, pero aún no he señalado mis pretensiones salariales
–Por eso
–¿Cómo?
–Usted además no ha leído las últimas muestras de la literatura universal y eso me hace quizá dudar un poco, sepa usted que lo que yo ando buscando es un profesional en todo el sentido de la palabra que esté al tanto de las últimas publicaciones de gente talentosa como Miguel Ángel Cornejo y Deepak Chopra.
–¡Me va de verga Miguel Ángel Cornejo y todos esos esbirros que lo único que hacen es limitar a gente como usted!
–¡Oiga usted! Qué se ha creído, jovenzuelo insolente, no le permito…
–Yo no le permito a usted que me venga a decir tantas idioteces juntas, no pienso darle más minutos de mi tiempo para seguir oyendo tanta estupidez junta.
–¡Ah no! ¡ahhh nooo! Encima de ignorante, lisuriento, sabe lo que es usted un mediocre, sí eso es lo que es, un me-dio-cre y un mal profesor, lo que sucede con usted que se ha sentido apabullado ante mi cultura y de vergüenza está actuando como un troglodita. Eso pasa cuando uno pierde su tiempo hablando con profesores de quinta, profesores que ante la poca información de los nuevos escritores de un mundo contemporáneo del ahora, se pican, se molestan… ¡claro pues! Qué podía esperar yo de un jovenzuelo que lee novelas de títulos extraños y me habla del Chavo del 8 como si eso fuera literatura.
–No pienso seguir hablando con alguien como usted, puede quedarse con sus lecturas de baño y metérselas por el culo. Mi curriculum, por favor.
–…
–…
–¿Alò? ¿Jessica? Mira mándame a Escalante y dile que aquí hay un mal elemento que se ha puesto malcriado, necesito apoyo logístico…
–Si tu gorila me pone un dedo encima, vengo con mis amigos y te saco la conchadetumadre, viejo cabròn, así que cuelga y dile que me dejen salir tranquilo…
–Alò, Jessica, mira, no pasa nada, a sido un error, envíame al siguiente postulante de inmediato.
Me paro, me retiro de ese lugar hediondo, lo miro a los ojos, viejo calendario, dirían mis alumnos a modo de broma, ¿por qué? Porque tiene la calata arriba, sonrío, él me mira como diciendo “se ha vuelto loco”. Pongo una cara a lo Jack Nicholson. Está aterrado. Abro la puerta, bajo veinte peldaños, salgo a la calle y me pierdo en medio de la gente de esta ciudad.
–Señor, está usted bien, ¿señor? ¿señor?
–Sí, Jessica, no pasa nada. Mándame al siguiente profesor, por favor.
**********************
–Buenos días, llamé hoy por la mañana y quisiera saber si la plaza de profeso…
–¿Usted sabe quien es Coelho, Deepak Chopra y Bambarèn?
–Claro, son mis autores de cabecera.
–¡Excelente! Creo que nos llevaremos más que bien, querido profesor.
14 febrero, 2010
Quèdate a mi lado

Salió de tus labios una frase que heló mis manos y erizó mi piel. Tumbaditos en nuestro lecho de amor fabricado para esos fines, abrazados como dos hermanitos en medio de la oscuridad me dijiste en voz baja ––casi como un susurro–– qué pasaría si aquella fuera la última vez que nos veríamos. Y yo te miré a los ojos, y tú insististe, entonces me dio una penita tan honda que no supe que decir. Primero sentí miedo, debo admitirlo, luego sentí desconcierto porque nadie piensa dejar de ver a alguien así por así. El baldazo de agua fría se esparció por las cuatro paredes de la casa, y yo sólo atiné a decirte que algún día lo escribiría en forma de respuesta a través de algún medio para volverme un poco huachafito, y decir que sí pues, te quiero porque eres todas esas cosas bonitas que salen en los libritos que leo y releo, y te lo dedicaría a ti, sí, sólo a ti, y aquí estoy, con esta manía de contarlo todito porque algún día seremos polvo y porque en medio del polvo nuestros huesitos tendrán que cumplir las promesas hechas a contraluz, tendrán que flotar en medio de este jardín de girasoles que cultivamos en cada pedazo de nuestra piel.
La verdad es que si algún día despertara y no te encontrara, me jodería en el alma no verte allí. Me joderìa porque sé que muy pocas personas pueden pasarse tanto tiempo como tú oyéndome hablar de lo que más me gusta, me joderìa compartir una Coca Cola con alguien distinta a ti, me recontra joderìa saber que serías de otro y no mía, me recontra más plus joderìa saber que nuestros besos inventados serían fabricados en otra industria de labios distintos a los míos. Sin ti como dice Joaquín sería, torpe como un suicida sin vocación, vacío como una isla sin Robinson, oscuro como un túnel sin tren expreso, como un santo sin paraíso, como el ojo del maniquí, lascivo como el beso del coronel, inquieto como un párroco en un burdel, errante como un taxi por el desierto, quemado como el cielo de Chernovil, solo como un poeta en el aeropuerto. Inútil como un sello por triplicado, violento como un niño sin cumpleaños, como el perfume del desengaño. Amargo como el vino del exiliado, como el domingo del jubilado, como una boda por lo civil, macabro como el vientre de los misiles, como un pájaro en un desfile.
Así mismito estaría yo sin ti, chica mía.
11 febrero, 2010
La ùltima mudanza

En los parlantes de mi computadora suena El último baile de Nacho Vegas. Sobre mi escritorio está 2666 de Bolaño, La última mudanza de Felipe Carrillo de Bryce, una película que aún no he visto de David Lynch, una cajetilla de cigarros por la mitad, un encendedor que no es mío, un muñequito del hombre de arena made in China, unas hojas con algunos escritos a puño y letra. Miro las paredes de mi dormitorio, no se aprecia ningún cuadro, ningún recuerdo, sólo un reloj sin pilas que marcan las tres en punto y una pelota de básquet que parece acusar mi poca iniciativa hacia el deporte.
Acabo de hablar con mi madre, me ha dicho que los hijos crecen y se van, la he mirado a los ojos y se ha quedado en silencio casi mirando la nada. Ella y yo estamos esperando el momento, el momento de la partida. Las cajas de mi mudanza desfilaran por sus ojos y el peso de las mismas no se igualará al peso de su corazón entristecido al ver que su hijo se ha hecho hombre y ha decidido alquilarse un departamento para empezar su vida. Tomar la decisión no ha sido fácil, cuando tenía dieciocho años solía decir que algún día habría de mudarme y es raro porque solía repetirlo tantas veces que ni yo mismo creía que algún día llegaría ese momento. Pero ya, ya llegó.
Ya no tengo dieciocho años, tengo veinticinco y acabo de tomar la decisión, la próxima semana firmaré el contrato del alquiler. Al principio iba a mudarme con un amigo, íbamos a compartir el espacio que es bastante generoso, fumarnos unos cigarrillos y algo más y quizá jugar Play Station hasta que uno de los dos terminase aceptando que era menos capo que el otro, pero después de haber intuido su respuesta me la ha hecho pública por estos días y ahora voy a mudarme solo. Él me ha dicho que ha mirado los ojos de su madre y que le ha entrado unas ganitas de protección increíble. Yo lo entiendo, en otros tiempos le hubiera dicho muchas cosas o lo habría juzgado, ahora, simplemente lo entiendo.
Mi caso es distinto, totalmente distinto, siempre tuve esos deseos de independencia que mis padres detectaron a tiempo e intentaron arrancarme esa idea como se extirpa un cáncer dándome los mayores beneficios para que su hijo, o sea, yo, no salga de un lugar con ciertas comodidades a quien sabe donde y con quien sabe Dios. En realidad yo siempre quise irme a vivir a la mismísima París con mis amigos, por aquel entonces soñábamos con la buhardilla que toda persona que aspirase a ser escritor debía tener para que la dureza de la vida se nos metiera por el culo y nos enseñara que ser escritor es todo menos un juego de muchachitos. La culpa de esas ideas de juventud no la tienen ellos por supuesto, sino un señor de apellido Márquez y de nombre Gabriel y claro, un señor muy admirable apellidado Llosa y de nombre Mario que entre otras muchas cosas nos enseñaron que no hay necesidad de irse tan lejos para morirse de amor por lo que más te gusta hacer en esta puta vida.
Claro, pero como se imaginarán ustedes por aquel entonces nosotros preferíamos esa idea de la buhardilla y no aceptábamos a nadie más en nuestro círculo que no sea tan igual o más quemado que nosotros mismos. Hoy no estamos ni en París ni necesitamos pasar hambre para sentirnos escritores pero nos sentimos bien al seguir haciendo lo que más nos gusta porque como dice Sábato en El escritor y sus fantasmas el que ha nacido para escribir, escribirá, cualquier sea la carrera que siga, cualquier sea el obstáculo que se lo oponga. Y la importancia de su obra se medirá por la altura de los obstáculos.
No será fácil este paso sin duda alguna, pero con veinticinco años a cuestas siento que es necesario porque no quiero llegar a los treinta años y oír a otras personas diciéndome que un día se armaron de valor y miraron a sus madres directamente a los ojos e hicieron de tripas corazón y salieron de su casa a vivir la mismísima vida mientras que yo no pude hacer lo mismo. Si sucediese ese momento sé que me sentiría mal, y más que mal, sentiría que me he traicionado a mí mismo. Vería en los ojos de aquel que me dijese esto cierta valentía de la que yo carecí en su debido momento. Y si algo he sido en toda mi vida es un tío terco, autosuficiente e independiente para tener la entereza de salir de casa y atreverme a hacer locuras que nadie se hubiera atrevido a hacer a mi edad.
Me mudo porque quiero un espacio que no se limite a un cuarto, un baño y una salita de estar, me mudo porque quiero levantarme a la hora que se me pegue la regalada gana sin que una hermana o una madre estén gritando fuera de mi dormitorio para que yo me levante y no terminen por entender que si me levanto a esa hora es porque estoy de vacaciones y que se trata de simples vacaciones autopagadas por mí propio esfuerzo porque una vez llegado marzo tendré que madrugar como un cojudo hasta diciembre para ir a mi trabajo de lunes a viernes a renegar con tanto imbécil suelto que habla estupidez y media por doquier. Me mudo porque quiero amanecerme con la luz encendida de mi cuarto leyendo con furia y si se me da la gana oír la canción más piola de Amy Winhouse a todo volumen y ponerme a bailar a medianoche como uno de sus negritos del coro que tanto me simpatizan. Me mudo porque he crecido y no porque quiero demostrarle nada a nadie, (sólo las personas que me conocen saben que siempre estuve predispuesto a dar este gran paso, no por las puras aprendí a cocinar con cierto arte.)
Qué más puedo decir. Nada. Quiero que este nuevo depa sea mi cómplice, quiero que me reconozca como su propietario, quiero que se sienta mi ausencia, quiero publicar mi segundo libro y en plena presentación del mismo invitar a mis grandes amigos a que vayamos a mi casa a festejar como Dios manda, porque no es igual ser un escritor tipo Flaubert que un escritor tipo Balzac. Quiero festejar allí lo que no pudimos festejar y hablar, fumar un Lucky, oír a Nacho o a Charly o a Charly y a Nacho y desconectarme por un momento de tanta opresión que la vida misma nos da con un cigarrillo entre los labios, con cierta nostalgia pero con la seguridad que no nada nos pertenece que no viva en el recuerdo. Y mis padres y sus miradas junto a sus enseñanzas se van conmigo, nada de lo que siento cambiará porque me cambie de casa, absolutamente nada.
Nada de lo que yo pueda haber sentido al pensar en mi mudanza, no está en estos escritos.
05 febrero, 2010
01 febrero, 2010
¡Què belleza de libro!
26 enero, 2010
(in) comunicaciòn

Un amigo me pidiò para su revista que elaborara una interrogante que contenga ademàs una posible respuesta, se me ocurriò elaborar esta preguntita que me he hecho por estos dìas y sobre todo las pocas veces que me conecto a ese espacio de (in) comunicaciòn llamado Messenger o como sea que se escriba.
¿Por qué cada vez que entro al MSN no encuentro personas sino sólo sombras?
La culpa la tiene la modernidad que nos ha quitado el miedo a sentir miedo. Nadie tiene ahora temor de perder a aquellas personas que quiere y estima. La tecnología nos ha vuelto unos descarados, unos malcriados virtuales, unos ignorantes de las comunicaciones. Parece que la tecnología nos ha hecho creer que las relaciones sociales no se alimentan por y para las personas.
Si el gesto del saludo fue acuñado antiguamente por personas mayores a nosotros que nos señalaban nuestra falta de educación al no ejecutarlo frente a algún conocido; en estos días aquel detalle parece haber quedado atrás. En poquitas palabras: no importa.
Conéctate, parece decirnos nuestra computarizada forma de actuar, no saludes a nadie, no te preocupes, además eres una persona ocupadísima, mañana o pasado los verás allí mismo otra vez. Redonditos, verdecitos, con algún Nick ingenioso y/o estúpido, (según sea la inteligencia del contacto). Si se te antoja dile “hola, cómo estás”, pero no seas tonto, no lo hagas en modo de conectado, díselo así nomás, no vaya a ser que los demás te vean. Dile cosas que te hagan parecer que aún eres un humano y no esto que eres, dile ¿Cómo estás?, por ejemplo, ya sabes, esas típicas preguntas, obvias y tontas que no necesitan de miraditas cojudas para cerciorar su honestidad.
Algún despistado conforme con los avances tecnológicos podrá decir lo fácil que es nuestra vida gracias a esa revolucionaria forma de (in)comunicarnos. Pues no señores, todo ello es purita mentira. Gracias al Messenger nadie escribe una carta (ojalá un e-mail que se parezca a una carta), a nadie le interesan los problemas de los demás, el individualismo, factor preponderante de la modernidad extiende sus alas cual pavo real. Somos islas conectadas por ordenadores, somos personas de alambres y poseemos corazones de lata.
Y así pasarán los días y los años y lo que tenga que pasar, y llegará el momento en que le digamos a nuestros padres “hola” por Messenger y ese “hola” no simbolice nada en nuestros cerebros mucho menos en nuestros corazones. Ferdinad de Saussure (y aquí me pongo un toque intelectualoide) dice que todas las palabras que conocemos se deben a nuestra relación con nuestro contexto sociocultural. Es decir, cuando decimos la palabra “árbol” en nuestra mente se refleja ese objeto que conocemos bajo la palabra “árbol”. Por lo tanto el significado es acorde con el significante, según el francés.
Si la modernidad sigue como hasta ahora llegará el momento en que digamos “te quiero” “te extraño” y esas palabras (dulces en otros tiempos) no reflejarán absolutamente nada.
¿Cuántos contactos tienes en tu Messenger? Supongamos que me respondiste que ciento cincuenta. ¿Cuántos de esos contactos te saludan cuando ingresas a tu correo electrónico? Y si te saludan ¿realmente les importas? Porque una cosa es que te inviten un café o un helado y alguien te diga ¿cómo estás? Mirándote a los ojos, y otra muy distinta es que te hagan la misma pregunta y esa persona este, digamos, comiéndose un pan con lomo o comiéndose unos tallarines verdes.
¿Cuándo fue la última vez que alguien te escribió una carta y no, por el contrario, te mandaron buenos deseos a través de una inacabable cadena?
¿Qué hacer? No sé ustedes, yo ahora entro cada vez menos al Messenger. Me choca encontrar sombras y no personas de carne y hueso. Y quizá me he sentido también una sombra en algún momento, por eso prefiero ahora escribir cartas, y no perder ese hermoso sentimiento que es el miedo a pensar que algún día las personas que más estimo no estarán.
27 septiembre, 2009
La noche en que todos nos volvimos locos

De pronto estabas ahí, de espaldas al público, cubierto por un fondo musical que anunciaba que aquella noche sería histórica para todos, para Lima, para los que te seguimos, y por supuesto para ti también. Era tu vuelta a los escenarios, y aquella postura en la que te vi iniciado el concierto (mirando a tus músicos) no me hizo pensar en otra cosa que nadie más que tú quería –de principio a fin– disfrutar de aquel tan esperado regreso.
El padre del rock argentino estaba frente a mis ojos, la leyenda de la que oí, vi y leí, se dirigió al piano, y todas las cámaras del mundo y filmadoras (quietecitas en el aire), suspendidas como aves negras buscaban capturar la primera canción.
Es verdad lo que afirman los periodistas, Charly no es el mismo de hace años, se le nota remozado, con una nueva capa de barniz en el alma, y es que todo parece indicar que Carlitos dejó los porros y las líneas blancas en Buenos Aires y se decidió por fin a vivir en el delirio musical que es el que mejor le asienta.
El piano empezó a sonar, y los corazones hicieron eco en una batería que tenía la misma velocidad que nuestros latidos, la misma euforia contenida por años se desbordó y cubrió el coloso de Ate, era la primera canción de la noche “El amor espera”. Charly había vuelto a pesar que muchos creyeran que estaba muerto para la música, estaba ahí en el escenario, esbozando una risa de niño pícaro, haciendo lo que mejor sabe hacer con el piano desde que tenía 4 años e intentaba ser un pequeño Mozart.
Dicen que fueron aproximadamente 15 mil personas al concierto, yo que estuve en una ubicación generosa y muy “naif” dirán algunos, me atrevería a decir que en ese mar de gente no habían 15 mil puntas ni a patadas. Y me atrevo a decir ello, porque de tanta espera y quizá un poco de nerviosismo al ver que eran las 9:30 pm y no pasaban más que aburridos spots publicitarios en las sendas pantallas que estaban a los costados del escenario, me dieron unas ganas caprichosas de ir a los servicios higiénicos, y cuando volteé, pensé que de salir no podría volver entrar. La emoción hizo el resto, la música sonando a mil tranquilizó mis ansias urinarias. No quemé las cortinas de nadie por desesperación, pero sí, es cierto, me encendí de amor. El momento desde que oí por primera vez a Charly se había conjurado, el éxtasis hecho rock. Nunca en mi vida grité más fuerte Why don´t we sing this song all together. Open Your mind...
Aquella imagen de Charly con los puños cerrados saludando a su público es la imagen que habré de guardar de aquella noche como si fuera una postal, ese gesto, ese simple gesto buscaba en el fondo decirnos a todos, a todititos, “la hice, loco” “le gané a las drogas” “aquí estoy… de vuelta”.
Nunca sabremos con exactitud por qué Charly eligió Perú para su regreso, a nosotros sólo nos queda agradecérselo en el alma. Él ni bien bajó del avión y dio su primera conferencia de prensa sólo atinó a decir que volvía a Lima por “una cuestión de química”. De su salud nos hemos enterado casi todos por amigos cercanos que gustan de su música o por las noticias que flotan en Internet, supimos por ejemplo, que Charly estuvo internado en una clínica psiquiátrica y en marzo pasado -tras otro período de reclusión en la quinta de su amigo Ramón "Palito" Ortega- reapareció con un breve show en Luján. Supimos también de su último video click titulado “Deberías saber por qué” y no tardamos en colgarlos en nuestros blogs para ver el video desde nuestros trabajos y lograr que las palabras calaran en nuestras almas tristes y nos amenizaran una tarde o una noche en soledad.
El concierto continuaba. La noche se cubrió de rock, en el aire flotaban temas como “Promesas sobre el bidet”, “Yendo de la cama al living” “Raros peinados nuevos”, “Llorando en el espejo”, “Vía muerta”. Y los clásicos de siempre: “Demoliendo hoteles”, “No voy en tren” o “Estoy verde”. Muchos de los presentes vibraban con esas canciones que seguramente habían sido y seguían siendo parte del repertorio musical que cada uno de nosotros tiene, y es que Charly García es y seguirá siendo parte de nuestro soundtrack personal.
La banda que acompañó a Charly merece una mención aparte, secundado por el
"Zorrito" Quintiero, la bellísima Hilda Lizarazu, el "Negro" Carlos García López, (con quién se dio un piquito en pleno concierto), el trío de guitarra/bajo/batería que asumen los músicos chilenos Kiushe Hayashida, Carlos González y Tonio Silva Peña, sencillamente la rompieron esa noche, y han de haberse sentido tan alegres como nosotros al haber compartido el regreso de este nuevo García. Realmente la banda como lo afirmase el mismo músico va más por el lado de Clics Modernos (álbum de 1983); y qué gusto da en realidad, después de casi 2 horas de adrenalina, haberlo oído de manera impecable, haciendo buena música, dejando atrás ese pasado que hizo creer a algunos que Charly sólo era un músico de escándalos. Ahora que sus escándalos son parte del pasado y que la rueda ha empezado a girar y es imparable, llegarán a nuestros oídos la locura que se desatará en Chile o en Argentina cuando festeje sus 58 años en el estadio de Vélez. Ese Charly es el que queremos todos, el loco maravilloso que nos hizo convertirlo en nuestro propio vicio musical, el inacabable músico que tejió palabras en el alma, y nos hizo vibrar y llevarnos a nuestras casas la gran felicidad de poder afirmar que hay Charly García para rato. Say no more, loco.
24 agosto, 2009
10 agosto, 2009
Hasta siempre, Dalla

Yo siempre supe que algún día haría esto justo como lo estoy haciendo ahora mismo, con los dientes apretados y los dedos temblorosos, con un poquito de valor ante cada palabra que se desprende de mi piel para sencillamente intentar sacar lo que llevo dentro. Siempre supe desde que te elegí que habría de llegar el día en que inevitablemente las lágrimas me saltaran de los ojos, siempre supe que alguien me echaría abajo la puerta del cuarto una mañana de invierno, por ejemplo, y me diría que decidiste salir a pasear sin correa y sin recado de volver. Así que no te culpo de nada, esto me lo busqué yo mismo. Siempre supe que el sólo hecho de tenerte supondría obtener una porción de felicidad en mi vida que algún día tendría que canjear por un vacio silencioso y largo, un eco que se extendería dentro de mí y simplemente no conseguiría detenerlo por más intentos que hiciese. Siempre supe que tu partida me dejaría una caja de recuerdos que si el tiempo no me trata mal y la vejez me asienta bien no olvidaré. La dama negra te cogió de madrugada, Dalla, y tus fuerzas que eran poquitas para ese entonces no pudieron disiparla. Tu antes alegría desbordante se había teñido en estos últimos meses de una postura exhausta, cansina, apagada, una postura que sólo los años saben llevar con elegancia, y vaya que lo hiciste bien, para ser tú la primera en disimular que tu salud era cuestión de veterinarios, pastillas y jarabes. Tu partida ha teñido el patio de la casa de un color gris, los pequeños pajarillos que bajaban a comer los granos de arroz que dejabas (quizá por el maldito dolor al pasar alimentos) hoy se miran desconcertados. No te entregaste con facilidad, reina amiga, de eso estoy plenamente seguro como estoy seguro que mantuviste con valentía el único deseo de estar un día más entre nosotros. Estoy seguro que ahora en el lugar en donde estés debes estar mejor, sin esa tos de mierda que terminó por hacerte añicos y logró que perdieras la mitad de tu peso. Estoy seguro que en estos últimos días te sentiste bien, amiga, bien porque viste llegar a mamá con maletas y sentiste otra vez que nadie te había abandonado, te sentiste otra vez querida, y la maldita tos desapareció y empezaste a comer, fuiste la primera en recibirme al abrir la puerta como cuando eras joven y tus patas chasqueaban como las de un caballo, fuiste la última en mirarme antes de apagar las luces de la sala para subir a dormir, y te acaricié la cabeza, y mientras subía al segundo piso le pedí a Dios que tu dolor se convirtiera en paz, y así fue. Atrás queda la imagen de un joven en medio de un patio mirando a varios cachorritos bóxer, intentando elegir el correcto, atrás queda la imagen tuya en un rincón un poco esquiva. Atrás queda el recuerdo de cuando me rompiste el corazón con tus primeros aullidos de frío bajo tu nueva casa, y te abrigué encima de mi pecho y nos miramos por primera vez sin tanto orgullo, entonces ambos supimos que estábamos destinados a caminar juntos por parques y veredas y de vez en cuando a presumir uno del otro. Atrás quedaran tus tortas favoritas, tus globos desinflados, tu casita que te comprè tal y cual te lo prometí…
Siempre supe que tu partida llegaría algún día, amiga, siempre lo supe, y eso quizá, es lo que más rabia me da. Gracias por ser mi amiga durante 9 años. Siempre te recordaré.
05 agosto, 2009
26 julio, 2009
Elena Keldibékova o la patadita de Dios

Me he tardado un poquito en escribir el título de este post, (ya se imaginarán por qué), que si su apellido es con b labial o con v de vaca, que si es la primera e o la segunda e la del sombrero majestuoso y grave, sencillamente no lo sé, ni le interesa a este pobre corazón. Yo lo único que quiero aclarar es que mucho antes de que esa señorita (me acabo de enterar mientras escribo este post que tiene 30 años y es casada, doble dolor al corazón, ¡ay!) sacara el pie derecho en una media tijera impresionante yo, ya me juraba su fan número 1.
La vi, (embaucadores televisivos, lean bien clarito esto), hace aproximadamente dos semanas en el partido en el que Perú ganó a Venezuela para tristeza de mi madre, 3 a 1, y me flechó deportivamente hablando, claro está. Y Claro que yo no comenté mucho este pequeño detalle para evitar que los ojos mañosones de mis cercanos amigos osaran fijarse en ese moñito tan lindo y chiquito que sostiene el poquito cabello de mi Elena (un segundo, ¡listo!) Keldibékova, digamos que para evitar esa mirada poseedora de cualquier otro sentimiento menor al deportivo.
Pero quién iba a pensar, Elena, que el día de ayer, ibas a estar bajo el ojo de la tormenta, estirando el piecito derecho mismo futbolista de cualquier parte del mundo hasta de Kazajstán (así no jueguen al fútbol por allá), y devolviéndole a las argentinas un pequeño paquetito redondo enviado por Dios, y de paso cargado con la misma pendejada con la que el Diego les dio a guardar a los Ingleses allá por el año de 1986 un gol que les dio la sonrisa a todo Argentina. Ahora, pibas, nos tocó a nosotros sonreir, a ti Elena también, así que sonríe una vez más, por favor, y di y repite miles de veces la palabra “chiripa” que en tu castellano arusado, suena tan lindo, tan barrio, tan criollón.
Ahora los diarios te dan las portadas, y te lo mereces, esa patadita fue la patadita de Dios, pero también fue un tacle a mi corazón. Elena, que Japón te reciba con el cariño y la admiración que te tengo ¡ay!.
19 julio, 2009
Los meses de la felicidad

Aquí se quedaron con pena, hijo, mis amigas, tu tía, tu tío, tus primos. Pero así es la vida, y hay que seguir para adelante. Por eso no me he despedido de algunas personas, no porque sea ingrata, hijo, no pienses eso, es porque, ya sabes, me cuesta pues decir, chaito, chicas, bye bye. Hasta nuevo aviso. Mi avión sale a las 4:30 hora de Caracas y estoy en Lima a las 9, quiénes irán, hijo, cuenta pues, dime qué han preparado, suelta alguito, no seas así, pronto estaremos toditos juntos, llevan al bebe y lo abrigan, se acordará de mí...hola...hola...¿estás ahí?...te decía que hoy me levanté temprano y me alisté prontamente, las maletas están debidamente alineadas en la puerta de la casa, ¿el pasaje? En la cartera chica, no te preocupes, el aeropuerto queda lejitos de Caracas, ya falta poquito, espérenme un par de horitas más, ya llego ¿sí?
La vida, la mugrosita, la feita, esa que nos trata con palo de lunes a sábado y no descansa los domingos esta vez gira un poquito a mi favor. Esos aviones que surcan el cielo y suelo mirar cumpliendo el inútil rito de pedir buenos deseos para terceros por fin hoy han decidido aterrizar en Lima, después de tanta melancolía y tanta espera y tantas puteadas al mesenger que ante mis sentimientos o los de cualquier otro ser que extraña a su madre sólo tiene una carita amarillita, redondita que de pronto le das clic y explota en llanto la muy puta, o un corazoncito chiquitito inverosímil hasta para el enano más enano del mundo. Mal. Muy mal, señor Gates.
Welcome to Perú, oirás en los altoparlantes del avión, y no creerás que estás en Lima hasta después de que veas a tus hijos, y los apapachurres diciéndonos que tan gorditos andamos y que ingratos hemos sido a pesar de haber hablado contigo de lunes a domingo, y verás a tu nieto, y te emocionarás cuando te haga carrito o te diga ¡te-ta! Pero cuántos minutos de angustia han de pasar antes de ello, cuántas imágenes estarán pasando en este momento por tu cabeza como si fueran una película del director más capo de todos, es difícil separarse de los seres que uno más quiere, eso si lo sabré yo.
Uno quisiera en ese único instante partirse en dos para no dejar a nadie con pena, para evitar que las lágrimas se descuelguen de los ojos y se suiciden hacia el abismo más frío, más letal. Uno quisiera ser dos personas entonces, repito, y clonarse y dejar en un lado un poquito de nuestro yo para seguir avanzando hacia nuestro destino sin el remordimiento que quizá nuestra partida –antes de felicidad– ha traído una penita muy honda que nos aguijonea el corazón.
Y sólo nos quedan esos recuerdos, esas imágenes de las fotografías que registrarán nuestro paso por un espacio determinado en un tiempo determinado, y nunca sabremos que mientras sonreiamos en otro lado del mundo nos extrañaron. Sólo las partidas nos remiten a esa tristeza tan ambigua que se extenderá de seguro hasta las mangas de algún avión, y quizá no podremos dejar de sentir pena hasta después de quedarnos dormidos, pensando en que horas después en otro aeropuerto del mundo nos esperan más personas que nos aman y la sonrisa volverá al rostro y empezaremos a caminar y entonces pasaran los días para aquellas personas de las que nos despedimos y quizá pronuncien nuestro nombre por error o por costumbre o simplemente por cariño, para saber que aún ese poquito de nuestro yo aún flota en la casa.
Llega mamá a Lima con un cariño único, llega la música a la casa, llegan los domingos sin tristezas, llegan las risas, las bromas, llega todo. Y no hay que pensar que pasaran los días antes de que seamos nosotros los que nos quedemos extrañándote, hay que pensar que serán los meses de la felicidad, esa felicidad que la vida –cada vez– nos acorta más para demostrarnos que es efímera, señorial, creída, pasaran otros tantos días, y volverás a marcharte, mamá, y ya no serán ni las lágrimas de tu hermana, ni de tus sobrinos las que se lancen hacia el vacío, seremos nosotros los encargados de esa labor. Mientras llega ese día, prefiero sonreír.
Welcome, má.
29 mayo, 2009
Lima, La horrible (¿amor u odio?)

"Lima se ha vuelto una urbe donde dos millones de personas se dan de manotazos, en medio de bocinas, radios salvajes, congestiones humanas y otras demencias contemporáneas, para pervivir (...) El embotellamiento de vehículos en el centro y las avenidas, la ruda competencia de buhoneros y mendigos, las fatigadas colas ante los incapaces medios de transporte, la crisis del alojamiento, los aniegos debidos a las tuberías que estallan, el imperfecto tejido telefónico que ejerce la neurosis, todo es obra de la imperfección y la malicia " (Salazar Bondy, 2002: 39-40)
18 mayo, 2009
Hasta siempre, Mario

A todos nos ha de llegar ese momento. Caray, pero qué difícil es aceptar esa frase cuando nuestro egoísmo se mezcla con una extraña pizca de amor, y lo último que pensamos es en esa palabra llamada resignación. Por eso nos duele tu partida, Mario, porque los hombres buenos como tú inscriben en nuestros corazones hermosos recuerdos, y borran todas las demás palabras que son inncesarias en este momento. Para eso finalmente vinieron a este mundo, para que nadie los deje de extrañar, jamás.
TÁCTICA Y ESTRATEGIA
Mi táctica es
mirarte
aprender como sos
quererte como sos
mi táctica es
hablarte
y escucharte
construir con palabras
un puente indestructible
mi táctica es
quedarme en tu recuerdo
no sé cómo ni sé
con qué pretexto
pero quedarme en vos
mi táctica es
ser franco
y saber que sos franca
y que no nos vendamos
simulacros
para que entre los dos
no haya telón
ni abismos
mi estrategia es
en cambio
más profunda y más
simple
mi estrategia es
que un día cualquiera
no sé cómo ni sé
con qué pretexto
por fin me necesites
Mario Benedetti. Foto: Daniel Mordzinski
10 mayo, 2009
Madre de Silvio Rodriguez
La canción Madre de Silvio Rodriguez es totalmente conmovedora. La primera vez que la oí me produjo un alivio musical porque supe que algún día habría de contar con ella, recuerdo que me dije a mí mismo cuando estaba en la universidad que sería Madre una canción que me serviría definitivamente para sobrevivir cuando sea yo quien esté lejos de la persona más importante en mi vida. A miles de distancias de este lugar, en un país en donde la libertad de expresión es una utopía, mi madre viaja por una extensa carretera hacia Maracaibo, de seguro ha de estar oyendo algún vals criollo o alguna música llanera en el auto. La recuerdo a distancia, feliz, radiante, festiva, y como sé que a ella a punto de tanta insitencia mía terminó por gustarle Silvio Rodriguez le dejo esta canción que es tan significativa para los dos.
23 abril, 2009
09 abril, 2009
Creo que va a empezar a llover
Es jueves.
Como nunca he dormido hasta que los rayos del sol me despertaron. Sentir esa sensación después de tantos amaneceres es un tanto extraño para mí. Muchas veces huímos de una extraña rutina, muchas veces nos sentímos agobiados por esos pequeños días que nos acorralan y nos mandan contra las cuerdas, y sólo intuímos una reacción, sólo atinamos a decir que es parte de este juego llamado vida. La única respuesta que nos salva. Me pregunto ahora mientras el cielo tan de pronto se ha teñido de nubes negras si aquellas personas que como yo descansarán hasta nuevo aviso sienten este feriado largo como una tregua, como una pausa en su vertiginosa vida. No lo sé, particularmente estos cuatro días santos serán en mí un stop a los diarios quehaceres. Nada de amaneceres forzados, nada de soportar calles bulliciosas, nada de alumnos, nada de bromas tontas, nada de directores acomplejados.
Sencillamente he apagado el celular, he descolgado el teléfono del primer piso de mi casa y he dado la orden de decir que no estoy para nadie (sólo para los amigos). Ya veremos con qué nuevas y tristes noticias nos recibe el lunes, ese día que tanto odio, ese día en el que lo único que atino a hacer es tararear una canción de Sui Generis (Lunes otra vez) mientra viajo en un ómnibus atiborrado de personas que se miran entre sí con desconfianza, con miedo. Yo, al igual que Isabel, el personaje de Cien años de soledad quiero empezar esta tregua mirando llover esta ciudad que no es ni será Macondo por más que las ganas se enterquen, por más que la esperanza pueda querer regresar a la rutina hacia el centro del ring. Me espera una larga lista de películas, el libro de Marcela Serrano (que es realmente precioso), una cita el sábado para terminar una entrevista que me está haciendo daño porque me obliga hablar de mí y antojadizamente de los momentos más felices de mi vida.
Antes de terminar este post quería dejar esta preciosa canción de Nacho Vegas (Va a empezar a llover) de la cual no entiendo por qué hasta ahora D no me ha hablado con ese típico fanatismo que lo caracteriza. No importa, igual la canción me va como anillo al dedo.
Como nunca he dormido hasta que los rayos del sol me despertaron. Sentir esa sensación después de tantos amaneceres es un tanto extraño para mí. Muchas veces huímos de una extraña rutina, muchas veces nos sentímos agobiados por esos pequeños días que nos acorralan y nos mandan contra las cuerdas, y sólo intuímos una reacción, sólo atinamos a decir que es parte de este juego llamado vida. La única respuesta que nos salva. Me pregunto ahora mientras el cielo tan de pronto se ha teñido de nubes negras si aquellas personas que como yo descansarán hasta nuevo aviso sienten este feriado largo como una tregua, como una pausa en su vertiginosa vida. No lo sé, particularmente estos cuatro días santos serán en mí un stop a los diarios quehaceres. Nada de amaneceres forzados, nada de soportar calles bulliciosas, nada de alumnos, nada de bromas tontas, nada de directores acomplejados.
Sencillamente he apagado el celular, he descolgado el teléfono del primer piso de mi casa y he dado la orden de decir que no estoy para nadie (sólo para los amigos). Ya veremos con qué nuevas y tristes noticias nos recibe el lunes, ese día que tanto odio, ese día en el que lo único que atino a hacer es tararear una canción de Sui Generis (Lunes otra vez) mientra viajo en un ómnibus atiborrado de personas que se miran entre sí con desconfianza, con miedo. Yo, al igual que Isabel, el personaje de Cien años de soledad quiero empezar esta tregua mirando llover esta ciudad que no es ni será Macondo por más que las ganas se enterquen, por más que la esperanza pueda querer regresar a la rutina hacia el centro del ring. Me espera una larga lista de películas, el libro de Marcela Serrano (que es realmente precioso), una cita el sábado para terminar una entrevista que me está haciendo daño porque me obliga hablar de mí y antojadizamente de los momentos más felices de mi vida.
Antes de terminar este post quería dejar esta preciosa canción de Nacho Vegas (Va a empezar a llover) de la cual no entiendo por qué hasta ahora D no me ha hablado con ese típico fanatismo que lo caracteriza. No importa, igual la canción me va como anillo al dedo.
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