27 octubre, 2010

ALBAZOS GRATIS



Este jueves 28 de octubre a las 7:00pm Albazos te invita a conocer este nuevo espacio
Calle Berlín 172 - Miraflores

Lectura Poética y cuentos

Diego Alonso Sánchez

Mario Pera

Gabriel Rimachi
(Cuentos)

Florentino Díaz

Eduardo Reyme Wendell

Helmut Jerí Pabón
(Ica)

Arthur Zeballos
(Arequipa)

16 octubre, 2010

Un noble Nóbel

Cuando aparecí en el lugar en donde hace exactamente un mes dicto el curso de redacción me di con la sorpresa de que Manuel, un lingüista al que admiro por su disciplina y talento, me estaba esperando en el Hall para emocionado comunicarme que Vargas Llosa había recibido el Nóbel, para ser sincero de primera impresión creí que aquello no pasaba de ser una simple broma que ha sido muy clásica sobre todo en los meses de octubre. Y es que son dos fechas en el año en las que trato de estar lo más atento posible para sortear como si fuera un Manolete los chascarrillos que aparecen en “El día de los inocentes” y en el mes en el cual se entrega el máximo galardón de literatura.
Aún dudoso, Manuel me abrumaba con frases de felicitación y abrazos de cariño como si fuera yo quien hubiera recibido el premio. Una alegría interna, pero contenida me emocionaba tanto que no sabía en aquel instante qué hacer, no sabía si alegrarme a la altura de Manuel o esperar a César, un literato sanmarquino que sabía que jamás se jugaría con una noticia de tamaña envergadura. Eran las siete y cuarenta y cinco de la mañana y no había tenido tiempo alguno para oír las noticias del día así que era flanco seguro de bromas de cualquier tipo. Todo parecía un día más que normal, había viajado de mi casa a mi trabajo y en el ómnibus nadie tenía cara de que había acontecido un gran suceso para nuestro país y sobre para nuestro querido Mario Vargas Llosa. Ningún comentario, ningún rumor. Sencillamente era un día más.
Cuando César llegó, Manuel le comentó lo que antes me comentase a mí y César para variar nos comentó que no tenía por costumbre empaparse de las noticias matutinas por considerarlas desastrosas. De inmediato, Manuel un tanto molesto nos dijo que era imposible que una noticia que a esas horas de la mañana era un trascendido no fuera conocida ni por César ni por mí, dos seguidores y admiradores de Vargas Llosa de tiempos remotos. Igual, Manuel no dejaba de estar chino de risa y burlarse de nosotros que más que felices estábamos angustiados.
De pronto nos acordamos de la radio que hay en el segundo piso y cual si fuéramos relámpago subimos las gradas de las escaleras de dos en dos para llegar en el menor tiempo posible. Mientras subía pensaba en las novelas de Vargas Llosa que me marcaron desde antes de entrar a la universidad y de la influencia que él como autor ha despertado en mí, alguien que aún y a pesar de sus años no ha desterrado el sueño de convertirse en un escritor de verdad aunque ello me suponga tener que cortar cualquier vínculo de ociosidad y/o distracción. Recuerdo ahora que recordé en ese instante que fue por Vargas Llosa por quien me atreví a escribir obras de teatro que me supusieron mis primeros trabajos literarios remunerados y fue por él además por quien decidí tomar una postura política (que era más que necesaria casi ética) en la universidad donde estudié.
Cuando llegamos Manuel encendió la radio y César y yo éramos un manojo de nervios, cuando logró sintonizar una emisora de mediana reputación, a mí sencillamente se me vino el cielo encima, pensé en la alegría que habría de tener Mario en aquel instante, pensé en aquella vez que lo pude conocer y en la que pude retribuirle con cortísimas palabras toda la admiración por su obra literaria y por su postura ética como humanista.
A César le brillaban los ojos y no se cansaba de repetir una y otra vez “bien hecho, Mario, así se hace”. Manuel repetía “se los dije” tantas veces que parecía un disco rayado. Yo no sabía cómo reaccionar y tan sólo me quedé allí parado pensando en esos segundos tan mágicos que aquello que había sucedido no era simple casualidad, y no recuerdo exactamente qué más pasó por mi mente pero sí recuerdo que en ese instante creí que todo lo que uno hace por convertirse en escritor al final del camino sí vale la pena y que lo que ha logrado Mario es fruto de un trabajo profesional, luego sonreí y mi corazón se hinchó de orgullo, baje para entrar a mi primera aula del día y supe que tenía la historia perfecta para empezar una bonita clase.

04 agosto, 2010

¡Fuerza, Armando!

Armando Robles Godoy se encuentra internado en el Hospital Casimiro Ulloa, un derrame cerebral lo tiene algo jodido como diría él mismo. Días previos a su hospitalización el cineasta peruano de 87 años fue atropellado por un vehículo. Producto de tal accidente Armando se puso mal y tuvo que ser llevado de emergencia al hospital, para colmo de males el cineasta peruano no tiene seguro social y su tratamiento tiene que ser continuado. Es increible que el estado no mueva ni siquiera un dedo al respecto, déjense de informar cojudeces en la televisión y hagan algo para que esta persona ligada al mundo cultural se recupere pronto, desde aquí sólo nos queda decirte ¡Fuerza, Armando!

PARA AYUDAR
Usted puede colaborar con el tratamiento de Armando Robles Godoy. La cuenta en soles del Banco de Crédito es 194-19321064-0-25 y está a nombre de la hija del artista, Marcela Robles.

Para terminar los dejo con una joyita, oírlo sin duda alguna es más que un deleite.





02 agosto, 2010

Siempre quise ser escritor


A quiere ser escritor. Me ha detenido caminando por los pasillos de la academia y me ha explicado detalle a detalle lo que está pasando para intentar llegar a ser uno de verdad. Me ha comentado que algo que dije en clase le ha impactado y yo para variar no recuerdo bien qué fue aquello. Una cosa me ha impactado de su biografía, es un pariente lejano de Abraham Valdelomar.
Todas las tardes ha asistido a mis clases, no ha preguntado nada de literatura, por supuesto, sino que se ha limitado a oírme a mirarme a contemplarme como casi todos y todas lo hacen los lunes o los viernes, hipnotizados, patitiesos en silencio como si fuera yo el único ser que respira en esa aula, como si fuera yo el único presente en esas cuatro paredes. Pero no, A me ha contado escapándose de clases (porque en este preciso momento deberías estar en tu aula, A) que lo suyo es la escritura, que tiene un cuaderno y que escribe y escribe y escribe. Yo me limito a oírlo y me sorprende la atención que despiertan mis palabras cada vez que hago un comentario, le he advertido que no es fácil dedicarse a este oficio, he intentado asustarlo en realidad para que no crea que escribir es la cosa más fácil del mundo, pero A parece decidido, no sé lo que vaya a hacer para lograr su cometido pero al menos me hace recordar a mí cuando tenía esa edad y cuando decidí dedicarme a escribir, yo al igual que A no sabía ni un carajo de lo que me iba a pasar, jamás pensé alcanzar ni siquiera la mitad de lo que he podido cultivar en estos años así que por qué desanimarlo pensé aquella tarde antes de darle mi celular y mi correo y despedirnos como buenos amigos.
Entre otras cosas que me contó me dijo que una en vez en su vida se sintió totalmente estúpido y fue el día que su maestra explicaba en clase un cuento de un gallo, un pueblo de nombre San Andrés y un tal Ajiseco. Resulta que años atrás –recuerda A –él entró a la biblioteca de su tía abuela allá en Pisco y hojeó unas hojas con una letra impecable, un cuaderno tierroso era para A en aquel entonces un cuaderno tierroso, en dicho cuaderno unos personajes asomaban tímidamente, un gallo, un pueblo y un tal Ajiseco. Para él aquello era simplemente puro papel, pura tierra, pura tinta derramaba por las santas huevas. A me cuenta o me intenta contar que tuvo en sus manos el esbozo del Caballero Carmelo y no sé si será cierto aquello y en realidad poco me interesa, lo rescatable aquí sería en el peor de los casos su capacidad para mentir tan bien, particularmente creo que si alguien se te acerca y te dice que es familia de Valdelomar y que tuvo en sus manos el cuento más emblemático del Perú no puedes acaso creerle que algún día, quizá, pueda llegar a ser un escritor de verdad.
Hoy por la tarde me ha agregado y hemos hablado algo. Me ha dicho que tiene miedo en que quienes lo vayan a leer a futuro no sientan que tiene profundidad en sus palabras y a mí no se me ha ocurrido decirle que no piense en nadie cuando escribe porque al último escribir es el oficio más solitario del mundo y no pasara mucho tiempo en darse cuenta que alrededor suyo sólo estará lo poco o mucho que haya escrito y que nadie en el fondo comprenderá que uno escribe, A, precisamente para salir de su propio infierno.
Me ha mandado estas líneas que publico sin su permiso y así un día más justifico este espacio virtual al cual además no es tan difícil acceder. Así que si te animas y está bien escrita tu historia por ahí que la pongo en esta página y así ambos nos ahorramos un poquito la chamba de re-escribirla día a día. Una vez más me la llevo fácil.

Siempre quise ser escritor
Siempre quise ser escritor. Desde que en 4to de primaria mi profesora nos hacia leer obras para después exponer hasta el 20 de julio de este año, fecha en la que decidí ponerme las pilas (dejando de lado el deber académico de ingresar a la universidad), y comencé a redactarle una pequeña y sencilla carta a mi hermana para su cumpleaños. Desde la culminación de la carta que era muy sencilla (casi misia) pero muy significativa he empezado a escribir casi a diario. Tengo temor de que mis padres en algún momento mal interpreten mi momentáneo pasatiempo de escribir. Creerán que estoy desviando mi preparación en esto. No quisiera desilusionarlos. Ellos quieren que sea un profesional; yo también. Pero también quiero escribir, ya lo estoy haciendo y me siento muy bien de esto. Quizás más adelante publique algo. Quizás.
Antes, cuando ‘pensaba’ en escribir, no lo hacía porque creía que necesitaba una inspiración o algo por el estilo. No sé, algo que me haya causado gran admiración o que me haya pasado y quiera contarlo. Me sentía casi incompleto al no tener eso. Pero ahora veo que no es requisito indispensable estar ‘inspirado’, para escribir algo.
Un lunes, escuchando con suma desatención, el profesor de razonamiento verbal (Eduardo si mal no recuerdo) estaba haciendo una extraordinaria miniexposición sobre el pintor surrealista Salvador Dalí que me llamó mucho la atención porque en la última parte de su ponencia hizo referencia a que para ser un gran escritor es un requisito (casi obligatorio) haber ``Vivido un Infierno’’. Esa frase me llenó de curiosidad. No sólo dijo que para ser un gran escritor hay que ``vivir un infierno´´, sino que todos los artistas, en su momento, lo han vivido. No estoy tan seguro de que me toque pasar por un infierno. Aunque no descarto que lo más probable es que ya haya comenzado.
Me excita la idea de afrontarlo, va ser un gran desafío. Siento una enfermiza curiosidad por saber qué cosas pueden pasar (con tal que sea solo conmigo y que no tenga nada que ver con mi familia, todo estaría bien.) Es un comentario un tanto masoquista de mi parte, pero que puedo hacer, desde que escuche esa idea despertó en mí la curiosidad y por qué no decirlo la ``inspiración´´ que tanto busque. No lo tomo como mi excusa para escribir solo es una razón más para hacerlo.”

A

Marco Aurelio y César Hildebrant

Hace muchos años yo solía ver a Hildebrant y a Marco Aurelio en la tv y una vez los vi hablando acerca del amor, a partir de ahí me convertí en esto que soy y que defenderé hasta el último día de mi existencia.




30 julio, 2010

"The cove" de Louie Psihoyos


“Si no podemos detener esto, si no podemos enmendar esto
olvídense de los problemas mayores. No hay esperanza”

Ric O'Barry

Que te pinchen el lomo no ha de ser muy bacán que digamos. Que te metan a un espacio tan pequeño en donde tu libertad quede supeditada a un metraje mal calculado tampoco ha de ser lo mejor que te ha de pasar en la vida. Que te quejes con la mirada y que todos crean que por tu sonrisa tallada a tu rostro la estás pasando de puta madre debe ser simplemente un infierno. Que seas sensible al sonido y que para colmo un grupo de asiáticos te metan a un lugar en donde lo último que existe es el sonido moderado y lo que abunda a cambio son los aplausos barbaros mezclados con el jolgorio gravitante de la ignorancia en pleno siglo XXI, es, discúlpenme que lo diga así, una mierda.
Acabo de ver The cove, el documental de Louie Psihoyos, con un ojo abierto y otro cerrado, girando la cabeza hacia un lado cuando las imágenes así lo ameritaban, acabo de darme cuenta que no es la gripe la que me tiene tumbado en la cama sino las imágenes del documental, ese martillear que obliga a los delfines a quedar atrapados en las orillas de Taiji se repite aún en mi cabeza como un eco, esa queja submarina que es un cantico largo y tenue me aniquila, me desarma, me encabrona y me enfurece.
Acabo de darme cuenta que esos seres inteligentes ni se ríen ni están felices en esos delfinarios en donde los hacen saltar como locos posesos de sus acrobáticos juegos bajo el agua. No sonríen, están tristes, muchos de ellos estresados por los aplausos optan por el suicidio, una particular forma de autoaniquilamiento en donde el delfín inhala el aire fuera de la superficie creándose serios problemas respiratorios. El estrés los mata por eso el hombre le inocula sedantes para disque relajarlo cuando en realidad lo está dopando, entonces sucede lo más trágico, el animal de la sonrisa eterna sufre y los asistentes creen estar viendo el espectáculo de sus vidas acompañados de sus hijos quienes alegres e inocentes aplauden, aplauden y ríen.
Un delfín viaja en su hábitat natural 64 kilómetros, es un capo del mar, un rey de las olas, ¿cuántos kilómetros creen que lo hace en un delfinario? Un delfín es tan inteligente que en el mar su comunicación acústica puede notar el latir de un corazón puede ver los huesos de una persona e incluso notar si está embarazada, cualquier sonido que emitamos será medio de contacto entre ellos y nosotros. En Taiji, poco o nada les importa esto, dicha zona es una de las mayores exportadoras de delfines a los principales delfinarios del mundo. Y por qué hay quienes gustan de ver delfines saltando en piscinas y siendo guiados por sus entrenadores, pues todo se remonta a una vieja película llamada Flipper en donde el personaje principal era un delfín interpretado por aproximadamente diez delfines debidamente entrenados, a partir de dicha película la industria de los delfinarios fue en aumento y fue la debacle para todos entonces. Parte de responsabilidad la tuvo Ric O'Barry alguien que trabajó para la película Flipper y quien se dio cuenta luego del suicidio de su delfín de nombre Kathy que estaba siendo parte de una de los trabajos más egoístas del mundo, trabajando con animales en cautiverio que sufrían y optaban por su suicidio, cabe agregar que Kathy se suicidó en los brazos de Ric y sólo entonces este hombre se propuso liberar a cuanto delfín se encontrase en cautiverio el resto de su vida.
Ric ha pasado diez años luchando por la caza indiscriminada de delfines en las costas de Taiji y ha logrado con The cove mostrar al mundo uno de los documentales más importantes en mucho tiempo. Reclutando desde personas especializadas en buceo hasta expertos militares logró infiltrar cámaras ocultas en rocas modeladas por artistas que captaron lo que es en verdad Taiji, una costa en donde la barbarie, la estupidez y el egoísmo se mezclan con el lamento de aquellos delfines que intentan huir de una muerte segura, capturados con los métodos más rústicos que una persona se puede llegar a imaginar.
Una sola imagen habla por mil palabras y es la costa de Taiji teñida por la sangre de aquellos delfines rodeados por el canto más visceral de la Tierra, ese que emite el hombre.